Somos todos hijos de un siglo tremendo, el XVIII, una explosión cuyas ondas todavía se sienten hoy. En su fase final, tan importante casi como todo lo anterior y posterior, se produjeron los movimientos políticos, sociales y culturales que nos definen. Pero ese siglo estuvo marcado por la Ilustración, cuyos valores supuestamente quedaron como legado, pero que a día de hoy todavía no se han cumplido en realidad.

Entre 1770 y 1800 la Humanidad pisó el acelerador como nunca lo ha hecho hasta hace no mucho, cuando llegaron las computadoras, la robótica e internet. Nació la democracia moderna, la teoría política que la sustentaba, los derechos humanos y el triunfo de la ley natural que nos convierte a todos en libres e iguales, la ciencia alcanzó el punto de desarrollo óptimo para el que ya no había vuelta atrás, se inició la sistematización del conocimiento, nacieron y fracasaron revoluciones, se plantaron las semillas de la Revolución Industrial, los pilares de lo que luego sería el socialismo y el comunismo brotaron en las calles de París… y finalmente el nacionalismo, ese efecto colateral nunca deseado de la soberanía nacional en la cual el poder pasaba de las manos de las oligarquías aristocráticas al pueblo, y el país dejaba de ser un patrimonio de unos pocos para ser de todos. La Revolución Francesa y sus excesos no fueron la Ilustración, fueron la traición a la Ilustración.

Aquellos años también fueron la explosión final de la Ilustración, un movimiento transversal que lo tocó y trastocó todo, en el que la Humanidad confiaba en la Razón (con mayúscula) para poder gobernarse a sí misma y ser mejor. La Ilustración sobre todo fue duda: el noble acto de no dar nada por sentado, la negación por sistema de lo que se supone es eterno e inmutable (la nación, Dios, la herencia del pasado, las costumbres, las tradiciones). Hicieron en realidad lo mismo que los primeros sabios de la Grecia clásica, cuando decidieron que el mito era insostenible. Bastaron tres libros previos para reventar el mundo antiguo: la ‘Etica’ de Spinoza, los ‘Principia Mathematica’ de Newton, ‘El discurso del método’ de Descartes. Fueron las bases sobre las que se construiría el siguiente edificio, incluyendo de paso las enseñanzas liberales de Locke en Inglaterra. Y llegaron los rasgos clave: el nuevo antropocentrismo, la crítica sistemática, el racionalismo elevado a categoría de herramienta universal, el optimismo como arma frente al oscurantismo; el pragmatismo por encima de la superstición y el inmovilismo; el idealismo, que empezó como elemento filosófico y terminó como un rasgo definitorio del pensamiento occidental…

Pero a día de hoy, a pesar de que podamos asegurar que esos valores son nuestros, en realidad no los hemos cumplido. Cualquiera de ellos choca con la realidad, no ya de otras civilizaciones que jamás compartieron esos valores (Islam, India, China… etc), sino en nuestro propio mundo, tanto en Europa como en América, las dos partes de Occidente. Todavía no hemos alcanzado el punto virtuoso soñado por la Ilustración, y no porque sean inalcanzables: la sociedad ilustrada viable es posible, pero apenas la hemos rozado. Hemos evolucionado hacia sociedades más libres, supuestamente más racionalistas, pero en realidad son proporcionalmente igual de cerradas que antaño. Cambian las circunstancias, por supuesto, y la extensión de la educación al conjunto de la ciudadanía hizo mucho trabajo, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Y no detalles: que muchas de las democracias más asentadas de Europa tengan concordatos legales con un credo religioso en concreto (el catolicismo) es ya una muestra de que las cadenas no se han roto. Y la amenaza real del oscurantismo religioso islámico es otro problema con el que la Ilustración tendrá que lidiar, porque es todavía más cerrado que el cristiano, un credo ya muy desgastado.

La Ilustración quiso cambiarlo todo a través de herramientas prácticas (racionalismo, leyes, sistema político, educación), nada de teorías filosóficas idealistas. Las tuvieron, pero a su vez se preocuparon de crear las armas teóricas y prácticas con las que construir ese nuevo mundo. Por eso sintetizaron primero el conocimiento en la Enciclopedia (D’Alembert, Diderot y luego Voltaire), y luego revolucionaron las ciencias e hicieron tanto hincapié en el contrato social (una nueva forma de sociedad política y económica más libre) y la tolerancia (fundamental para crecer en libertad). Fue, quizás, el último intento serio de mejorar al ser humano sin imposiciones ni dictaduras del proletariado o de los tecnócratas, como vimos en el siglo XX y en el XXI. En el Antiguo Régimen eran la aristocracia y la iglesia las que dominaban, hoy son las élites económico-políticas profesionalizadas y las redes de intereses comerciales. Cambia el tiempo, pero no el trasfondo. Por eso la Ilustración todavía no ha terminado. Queda mucho trabajo.

La Ilustración no mató el fanatismo religioso que estrangulaba el progreso, tampoco eliminó a las élites despóticas (Napoleón es el mejor ejemplo), no consiguió la verdadera igualdad, la esclavitud prosiguió durante casi un siglo más, la mujer todavía no ha ocupado el lugar que merece en la sociedad, la tradición irracional se mantiene aún como garante del orden al que las masas acuden para dar sentido a sus vidas en lugar de pensar por sí mismas… La Ilustración fue una llamarada incandescente que, precisamente por no haberse cumplido, debería ser defendida, porque es evidente que ni siquiera en Europa y América, los lugares donde mejor aceptación tendría, ha logrado sus objetivos. En el Nuevo Mundo el fanatismo religioso es la norma, mucho más incluso en Centroamérica y Sudamérica que en EEUU, donde la minoría ultraconservadora y puritana ejerce una presión insoportable en ocasiones. En El Viejo Mundo la religión puede haber perdido peso (o no), pero se ha aliado con el nacionalismo para diezmar 200 años de evolución cultural. Un buen ejemplo son Polonia, Hungría, Serbia, Rusia… pero también Gran Bretaña, Francia o Alemania, donde asoma los dientes el demonio doméstico.

Pero lo peor de todo no es eso; el síntoma real de que queda mucho trabajo es que el racionalismo sigue como algo ajeno al comportamiento diario. Las leyes pueden ser más liberales, pero la persistencia del machismo, el racismo, la xenofobia, la conducta emocional e irracional de la masa, la homofobia, son síntomas de que la verdadera clave de la Ilustración (abordar la vida con la Razón) se mantiene como un ideal todavía lejano. Una de las consecuencias prácticas del racionalismo sería una política social práctica, pero las empresas, los partidos políticos, o los medios de comunicación (culpables en gran parte del retraso de la Ilustración al priorizar sus intereses particulares sobre los del conjunto) hacen todo lo que pueden para frustrar el camino. Está demostrado que las políticas sociales son clave para reducir la desigualdad, pero hay esfuerzos inmensos para negarlo. Por conveniencia, por tradición, por fanatismo político. Seguimos maltratando animales por el mero hecho de que podemos. Mantenemos diferencias raciales sin sentido ni base científica real. Nuestro vecino sigue siendo el enemigo, sobre todo si su religión no es la nuestra, si sus costumbres no son las nuestras, si se sale de lo normal.

El fanatismo se mantiene como el recurso final de toda discusión; nadie pacta, intenta convencerte a gritos y si no puede te persigue. La democracia lentamente se convierte en una plutocracia disfrazada, y los derechos humanos son pisoteados con tal de seguir facturando beneficios. Y ha bastado una crisis económica algo más fuerte de lo normal para que todo el edificio de nuestra civilización tiemble hasta los cimientos. No se trata de leer libros y citar a los pensadores de la Ilustración (Locke, Hume, Bentham, Stuart Mill, D’Alembert, Diderot, Voltaire, Rousseau, Jefferson, Franklin, Berkeley… y Kant, el monumental Immanuel Kant), porque la verdadera clave es que cada individuo, lejos del poder abusivo de la masa, reflexione en solitario e inicie su propio camino hacia esa iluminación intelectual. Las verdaderas revoluciones se hacen individualmente, no colectivamente. Por eso la Ilustración no ha terminado, por eso queda mucho trabajo.