A perro flaco, todo son pulgas. No son buenos tiempos para que las ideas prosperen, con la gente dejándose acunar lentamente por el miedo, agarrados todos al altar, la nación, la patria, la ideología o cualquier clavo ardiendo que les libere de ese pánico nacido en el bolsillo y que se ha expandido a todos los niveles. El miedo es libre, galopa sin control y convierte Europa en un edificio agrietado por donde aparecen los huesos de los abuelos.

Un ciudadano desconfiado es el prólogo para un individuo muy peligroso: el que vota con el miedo en una mano y la papeleta llena de esperanzas ilusorias y escapistas en la otra. Nunca antes en Europa desde 1945 ser A y no B había sido tan peligroso, salirse del rebaño para ser distinto. Lo anecdótico es que los gobiernos y fuerzas políticas de Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría se hayan unido en un frente común frente al oeste de Europa, lo que dice mucho de la conveniencia de haberlos metido tan deprisa en la Unión Europea. Lo realmente peligroso es que ese movimiento no es un capricho de una élite, sino que está respaldado por una gran mayoría de la población. Curiosamente España no parece dejarse arrastrar con tanta facilidad, quizás porque en este lado del mundo la lucha ideológica todavía es más importante que la puramente nacionalista, a pesar incluso de lo que sucede en Cataluña, que es un ejemplo miniaturizado de ese miedo escapista que sacude el continente.

En realidad cada país es un mundo, pero por encima de las naciones está esa superestructura europea convertida en la cuadratura del círculo: nacionalismo reduccionista dentro de ese aborto ideológico llamado “Europa de las Naciones”, ese circo imposible en el que se supone que entidades culturales que han nacido muchas veces gracias a la sangre de sus vecinos pueden llevarse bien. Nunca va a funcionar. El espíritu de Europa desde el punto de vista nacionalista es la deriva hacia la lucha y el conflicto: ningún pueblo continental o isleño existe sin haber cortado el cuello de la nación vecina, o sometida a otras. Y ninguna prosperará por sí misma en soledad sin ayuda de las demás, que no son aliadas sino competidoras siguiendo esa lógica de aislamiento de muros, vallas, leyes draconianas o actitudes tradicionales. Sería repetir el mismo proceso de reduccionismo mutuo que precisamente ha sido el mayor obstáculo para este continente. Porque, seamos sinceros, la grandeza de Europa no la forjaron ni los húngaros ni los polacos ni los austríacos, sino todos en bloque o bien las naciones del oeste, las que precisamente sostienen aún el sueño agrietado de la unidad.

Y todo esto nace del miedo, que siempre vuela bajo y rápido. Esos terrores antiguos como el propio continente que brotaron sin freno con la Edad Media y que se han eternizado a través del tiempo y de las generaciones. El “miedo al turco” del que hablaba Umberto Eco en sus libros sobre la raíz medieval de Europa sigue en pie, pero ahora transfigurado en el miedo al inmigrante musulmán, como un Caballo de Troya que vaya a destruirlo todo. No hay razones económicas reales para temer a un inmigrante que no tiene punto de retorno: huyen de la guerra y el infierno político y religioso, y saben que nada es peor que eso. No van a girar sobre sus talones y regresar. Evidentemente alguno puede no ser lo que parece, pero la probabilidad es la misma de que los blancos hooligans de cualquier club de fútbol sean una banda de terroristas de extrema derecha. De hecho es bastante más frecuente. Y cualquier estratega con dos dedos de frente sabe perfectamente que la sangre joven extranjera en Europa tiene dos ventajas: es joven en una sociedad envejecida y viene dispuesta a hacer lo que sea con tal de no regresar. Porque la decadencia no es sólo material: Europa es ya demasiado vieja para ser competitiva. Y eso no hay mesianismo que lo salve.

Si Europa fuera un territorio de ideas y valores, y no de miedos y clavos ardientes en la pared donde colgar las mochilas del miedo, sabrían aglutinar y repartir esas masas de inmigrantes. Y muy probablemente renunciaría a esa idea decimonónica del estado-nación solitario como razón de ser y garante del orden y el futuro. En un espacio global donde todo está interrelacionado y la Humanidad ha superado ya el nivel nacional para entrar en una fase colectiva planetaria, alardear de origen étnico, racial o nacional es poco menos que un síntoma de infantilismo, psicológico e intelectual. El último ejemplo es el Brexit: el escapismo ensimismado de que una nación alberga todo lo que necesita para ser mejor por sí misma, como si fuera una elección divina y no producto de las circunstancias históricas. Tan absurdo es proclamar a los cuatro vientos ser catalán de pura cepa como ser ruso, alemán, inglés o húngaro, como si eso realmente importara o tuviera algún valor más allá de la lotería del nacimiento. Lo aleatorio tiene un peso infinitamente más grande del que tememos, y ser blanco, negro, asiático, latino, africano o europeo, americano o asiático, es pura mecánica combinatoria infinita, lo que popularmente se llama azar.

El miedo se expande y ejerce ese control sobre la masa, empujándola hacia lugares comunes fácilmente digeribles. No triunfa la mejor idea, sino la más pequeña y manipulable. Si Europa no hubiera pasado por una crisis económica tan demoledora como la que sufre desde 2007, probablemente no hubieran aparecido la mayoría de los fenómenos de extrema derecha y nacionalistas que acogotan ahora a la política tradicional, ni el surgimiento de partidos y movimientos sociales de protesta que más allá de querer romper con todo no ofrecen soluciones prácticas y viables. El auge del populismo fue el factor catalizador de ese miedo; es muy útil cuando quieres conducir al rebaño donde has previsto. En un continente enriquecido y de bajas tasas de paro la llegada de inmigrantes en masa desde Siria o Irak habría sido recibida de otra forma, no tan positiva como hubiera sido deseable, pero sí lo suficiente como para no ser un problema político. Pero el miedo es incontrolable, fue el acelerante que expandió el incendio del fascismo y el comunismo en la primera mitad del siglo XX. Y ya sabemos cómo terminó esa historia.

Ahora los viejos demonios vuelven de nuevo, no igual, pero no es un brote puntual, sino que se convertirá en parte de la dinámica europea, cada vez más dual (razón-sentimiento, universalismo-nacionalismo, Europa-naciones menores, libertad-orden). Sólo hay un camino para esta parte del mundo, una vía única para frenar la decadencia, el suave deslizamiento hacia la indiferencia e insignificancia, y es converger, todavía más rápido si cabe, hacia una nueva entidad federalizada basada en los ciudadanos, no en las naciones. Ha llegado la hora de superar el estado-nación y pasar a una nueva concepción de estado-federación donde el origen no importe, y sí el talento, la capacidad, el trabajo, la economía y el desarrollo, dejar de considerar a la gente como “hijos de…” y simplemente verlos como ciudadanos europeos, parte de algo más grande y sobre todo con futuro. La unión hace la fuerza, convergencia y sinergia, pero sobre todo es la vacuna contra el conflicto, el odio y la mecánica del nacionalismo.