“Una persona sin imaginación es un eunuco mental que no aporta nada a sus semejantes”: es una frase atribuida a Jules Renard en pleno siglo XIX y que define a la perfección las reacciones a ‘The Hobbit’ por la crítica y el público. 

‘The Hobbit’ no es mejor que la trilogía anterior; al fan de toda la vida de los libros de Tolkien le hará ilusión ver plasmada en imágenes la línea argumental, algo más infantil (a fin de cuentas era un libro para sus hijos), del libro fundacional de la mitología tolkiniana. A los nuevos fans que surgieron de la trilogía de ‘El Señor de los Anillos’ les encantará ver que apenas han variado personajes, escenarios y simbolismos. Es más, se rellenan las lagunas de las tres primeras películas, y teniendo en cuenta que van a ser otras tres, bailarán de gusto.

Para los que no les importe un pimiento: no se gasten los 7 euros y pico de la entrada, porque no les va a gustar. Seguir la historia implica tener una mente abierta y receptiva a fantasías, y no todos están preparados. Les pasará lo mismo que a las parajes que vieron empezar la película y a los cinco minutos se largaron. Lo fácil sería llamarles “eunucos mentales” y que mejor que se vayan. Lo sensato sería no haber comprado la entrada, ahorrarse el dinero y gastárselo en otra cosa.

Es una máxima que se cumple una y otra vez: cuanto más materialista, realista y controlada sea una sociedad, mayor cantidad de gente abrirá las ventanas de la imaginación en busca del escapismo. El ser humano no sería nada sin imaginación, sin haber fantaseado una y otra vez con otros mundos mejores dentro de una escala de fantasía que varía. A fin de cuentas las religiones no son más que relatos épicos que cumplen a la perfección con el mito del héroe, especialmente el cristianismo, donde la figura del Mesías es un calco perfecto de la mitología clásica adaptada.

‘The Hobbit’ no es una religión, pero sí que es un relato que es pura imaginación creada a partir de retales de otras tradiciones, desde la cultura celta y germánica a los valores de los Evangelios, pasando por la literatura infantil y juvenil creada durante todo el siglo XIX y que en Inglaterra tenía un peso específico muy importante. Por eso no terminamos de entender las furibundas reacciones contra la película, incluso contra Tolkien. No son generales, pero sí que demuestran que hay eunucos mentales que sólo ven el mundo desde el limitadísimo prisma de la realidad que con su actitud, desde luego, no ayudan a mejorar. Boyero es uno de ellos, pero no es una novedad, más bien una persistente decepción personal. El realismo en las artes siempre fue una pulsión temporal alimentada por razones sociales y políticas, no artísticas, siempre por apóstoles de una frígida realidad que corta vías de expresión. Sin esa imaginación no hubieran surgido ni los impresionistas ni la literatura infantil, ni la de terror, ni la ciencia-ficción. Valoren los lectores si merece la pena o no.