Al común de los mortales no le importa la filosofía. Mucho menos si no le encuentra una utilidad final, porque lo que importa es tener armas, las que sean, para competir y superar al resto.

Los occidentales se obsesionan con competir, con ser mejores, con poseer más. La exigencia, siempre la exigencias. Como las copas de los árboles más altos y grandes, que ocultan la luz del sol y no dejan ver el bosque. Occidente pierde la capacidad para reflexionar que tuvo durante siglos. La pausa necesaria se sustituye por la velocidad, la formación por el resultado, la evolución personal de un simple humano a alguien digno para la comunidad queda supeditada a esa educación que forma tiburones, a todos los niveles, ya sea en las finanzas, la política, los medios o el día a día más mundano.

Más que competir con otros la persona debería prestar más atención a evolucionar individualmente, a ser mejor cada día y que en cada jornada pueda pensar que ha añadido algo de valor a su ser, aprender todo lo que pueda y avanzar; los beneficios de esa evolución llegarán por sí solos, por la simple interacción lenta pero firme de ese individuo. Pero, una vez más, la velocidad y el ansia lo dominan todo, lo ciegan todo. Con el tiempo muchas personas se dan cuenta y cambian el rumbo, otras no.

Es mejor ver bien el bosque antes que subirse al árbol más alto para sentirse el rey. Porque no hay reyes, sólo mentes obnubiladas. Una persona sólo debería poder ansiar lo que ya dijo Shakespeare, “ya que no hay mayor gloria para un hombre que ser rey de sí mismo”. Y por hombre se entiende igualmente a la mujer, pero es que el Bardo escribía en una época demasiado patriarcal. A fin de cuentas, para ser grande primero hay que ser pequeño, y fracasar, una y mil veces, hasta que al final, un buen día, simplemente eres mejor, no el número 1, pero sí mejor.

Es algo que se lleva en los genes, porque a fin de cuentas somos animales y el ansia por ser mejor que el resto es parte de la evolución individual, mucho más para la especie. Pero lo que se puede aplicar a la biología no tiene por qué valer para el mundo intelectual o profesional. La obsesión con ser el número uno y ser muy competitivo también puede ser un signo de debilidad, o por lo menos de desequilibrio. Y la falta de armonía es el peor error de un individuo: la felicidad y el dolor son efímeros, inconstantes, pero el equilibrio personal es indispensable. El coste de competir es muy alto, y como sólo puede haber un número 1 el otro 99% de la población queda marcada por el fracaso, ese abismo que en España se tolera tan mal y que se usa como condena en lugar de cómo un aprendizaje.