Empezamos a repetirnos, pero la persistencia es una virtud contra cabezas duras: cada euro en ciencia cuenta, tiene sentido y no debería ser racaneado con excusas hipócritas. 

Esto igual le duele a más de uno, pero una sociedad civilizada sabe compartimentar su dinero para conseguir que tenga más efecto. Menos en España, claro, el país del blanco o negro, conmigo o contra mí. Escuchamos hace poco un razonamiento muy bien intencionado pero que demuestra la ceguera generalizada; la frase, incrustada en una conversación, fue algo como “el dinero para la ciencia es útil pero cuando no hay tiene que irse todo a pensiones y subvenciones”. A nadie en su sano juicio social se le ocurriría decir lo contrario. ¿O sí? Pues sí: esta frase es un despropósito producto del agobio de la crisis económica. Cada euro es sagrado, y cada euro invertido en investigación es una tabla de salvación para toda la Humanidad. La izquierda patalea por el recorte a I+D, pero su actitud justiciera no es mejor que la tacañería conservadora.

Desde hace siglos la ciencia ha tenido que defenderse una y otra vez contra las críticas absurdas (de las religiones a las que ha ido dejando atrás en su capacidad para explicar el mundo y la realidad), las bien construidas (las del posmodernismo, que acertó cuando dijo que la ciencia no es casta y pura y que suele rendirse a intereses políticos e ideológicos alejados del método científico) y las que simplemente son producto de un arrebato (¿por qué dar dinero a los científicos cuando se puede destinar a cuestiones sociales?). Las primeras son ya tonterías infantiles. Las segundas son el mayor problema estructural de la comunidad científica, que lucha por no dejarse avasallar por la política y la economía. Las terceras no son una crítica: cuando un país está agobiado y acogotado por la ruina económica suele defenderse con un sentido común lleno de empatía y nulo horizonte práctico. Y al final siempre paga el pato quien no puede poner sobre la mesa nada inmediato.

La derecha política es ciega y no ve más allá de la necesidad de tener dinero en el bolsillo para lo que sea menos para el bienestar público. Y en el otro extremo de una cuerda de errores está la izquierda social, demasiado roussoniana como para ser eficiente y que en su miopía social no ve más allá de las personas. Esos ciudadanos que tanto le preocupan merecen que la ciencia desarrolle métodos y nuevas situaciones para paliar sus problemas, pero si le cortas el grifo se acabó la posibilidad de tener un mundo mejor, sólo tendremos un mundo estancado de limosnas perpetuas. No deja de ser una contradicción que la opción política que mejor debería entender la necesidad de I+D se pierda en discursos añejos donde lo social devora todo lo demás sin dejar espacio a otras opiniones. Peca tanto la derecha como la izquierda en algo capital. Por lo menos la derecha y la izquierda españolas.

La ciencia lleva sus ritmos propios, pero siempre saca petróleo de cada euro. Cada proyecto de investigación serio está fundamentado en una teoría, en observaciones, en una necesidad de experimentar, sacar conclusiones y a partir de ahí desarrollar tecnología o métodos que ayudarán mucho más al ser humano que la consabida limosna que son las subvenciones o el pago justificado por toda una vida de trabajo tras el retiro. Es difícil asimilar por el público que la ciencia no debe quedarse jamás sin dinero, porque ella es la que consigue, irónicamente, que el dinero que se le quita para radiografías serviría, por ejemplo, para un tratamiento nuevo que curaría a esa persona sin necesidad de hacerle radiografías. Pero al público, a ese monstruo moldeable, atolondrado y miope que es la “opinión pública” no se le pasa por la cabeza que la ciencia siempre da resultados, tanto si consigue un gran avance como si anula una vía de investigación por no encontrar lo que busca. Por lo menos entonces sabe dónde no debe buscar.

Por desagradable que resulte para las cabezas bienpensantes de este siglo XXI sin definir, sólo el I+D y la guerra hacen saltar décadas a la ciencia. Es triste pero real: uno de los ejemplos más famosos es el de las radiografías que se hacen en los hospitales, son herencia directa de los trabajos de los Curie y de los sistemas de radar mejorados que desarrolló la RAF en los años 30 y 40 para fulminar a la Luftwaffe en pleno vuelo antes de que pudieran bombardear Inglaterra. También desde la paz: el programa Apollo y sus pruebas (como apunta Mr. Gorsky en este enlace) sirvieron para introducir los mecanismos digitales y las pantallas planas, experimentos en física que son aplicados luego a la vida diaria, y todo eso con ordenadores que no eran más potentes que la cafetera que usa por las mañanas para hacerse un café Nespresso. Y la lista es tan larga que demuestra que la frase de más arriba, aunque sea socialmente difícil de contradecir, no puede estar más equivocada. La ciencia nos hace mejores, corrige errores y abre nuevas vías para el desarrollo humano. Es tan central como el aire que respiramos para nuestra civilización.