Este post es una respuesta a una pregunta concreta: ¿fue mejor la película que el libro?

Respuesta: depende, y además tendrán que leer hasta el final. Dediquen un par de minutos de sus vidas y quiten la vista del televisor para variar. En el largo camino de las relaciones complicadas y virulentas entre cine y literatura a veces gana el primero y en muchas ocasiones el segundo. Todo depende, una vez más, de lo que la persona vea o lea. Pero en el fondo hay pulsos continuos entre la pantalla y la hoja de papel.

Pero hay una excepción que da buena cuenta de que, en ocasiones, ese pulso puede llegar a ganarlo el cine. Al menos en apariencia. A partir de aquí muchos fans de Philip K. Dick (PKD), entre los que nos encontramos, rechinarán los dientes. Pero el problema es que el cine, en ocasiones, muy contadas, puede llegar a crear algo tan digno o más bello aún que el texto en el que se basa. La distancia que hay entre el ‘Blade Runner’ de aquel joven Ridley Scott lleno de ideas y talento (luego perdido para la causa salvo muy muy muy esporádicamente) y ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’ de PKD es mucho más grande que la que uno imagina. Sin embargo, hacen falta dos lecturas para darse cuenta de que Scott supo construir a partir de un par de puntos una historia totalmente nueva. Diametralmente nueva.

En realidad ‘Blade Runner’ como película no es nada del otro mundo: una historia de amor en paralelo a una evidente trama de género negro que en realidad es una excusa para acción, efectos especiales y una hermosa carcasa ciberpunk que iba muy bien con la época, aquellos años 80 en los que Harrison Ford estaba en todas. Curiosamente, lo que más recuerda la gente de esta película son justo las cosas que el relato de PKD deja al margen: la estética. Todo se subordina al poder de la imagen: la música de Vangelis, los símbolos, la luz, Daryl Hannah atravesando cristales, Rutger Hauer como un hijo rebelde de tintes arios perfectos, la depresión lumínica constante de toda la película, los claroscuros y sobre todo esa estética tan sucia, rota y al mismo tiempo avanzada que todos llaman ya “estilo Blade Runner”. Con la adaptación de la historia de PKD la gente heredó de Scott y de los 80 una de las más hermosas plasmaciones en pantalla del poder visual. De hecho, hasta cierto punto, Scott dio inicio a la era de la imagen en sentido más amplio. El texto no aguantaba, pero la imagen lo era todo. Scott devoró a PKD.

Pero el escritor loco y alucinógeno por definición, el tipo con un talento para narrar que devora cualquier examen, un prolífico autor de ciencia-ficción que es uno de los que más veces ha sido llevado al cine y que se las ingenió para fusionar varios estilos en uno (género negro, psicodelia, narración psicológica, filosofía), tenía un as en la manga. Después de una segunda lectura del mismo texto, ya aparcada la sensación de ver qué es mejor, si película o manuscrito, se advierte que Ridley Scott fue un zorro que se ahorró gran parte de la carga religiosa, psicológica y filosófica que lastra al Dekkar auténtico, casado, con una vida mundana y agobiado por la presión de ser un cazarrecompensas mucho mas mundano y débil que el Harrison Ford que todos tenemos en mente.

Ridley Scott encontró en PKD la excusa perfecta para explotar al máximo sus ideas sobre fotografía, luz, escenificación y cine. Lo de menos era ser fiel al texto original (y con los montajes posteriores ya no es ni serio intentar encontrar nexos comunes), lo importante de verdad era encontrar una justificación para desplegar el talento que luego desperdiciaría en películas progresivamente más mediocres y mundanas. Ahí está el problema: Scott se desentendió de la carga profunda de filosofía que llevaba el manuscrito y lo reconvirtió en una historia sobre la búsqueda de la identidad que queda resumida en el monólogo final de Hauer en la azotea bajo la lluvia. La futilidad de todo lo que somos, ya seamos carne o circuitos. Y efectivamente, Ridley Scott perdió en esa lluvia el verdadero sentido final del texto de PKD. No obstante, le salió una película brutalmente hermosa.

Así pues, si han llegado hasta el final de este texto, les damos la recompensa: son dos historias tan diferentes que no hay ganador. Este pulso es como la vida misma: tablas. El cine siempre gana aparentemente porque llega a más gente, porque establece parámetros visuales más fáciles de asumir. Y sobre todo, más fáciles: leer requiere cierto grado de claridad mental y concentración. Ver, sin embargo, es sencillo. Pero al mismo tiempo una película puede ser muy compleja, más que un texto. El texto es bueno, pero el escritor no estaba precisamente haciendo sus mejores líneas. Cualquiera de sus otros cuentos tiene en ocasiones más profundidad y potencial literario. Pero Scott sí que dio lo mejor de sí mismo. Un consejo: lean el libro y luego vean la película y comprenderán a qué nos referimos. Y háganlo en ese orden o no lo comprenderán.