A los españoles no les gusta pensar, y eso el Gobierno lo sabe y por tanto reduce la Filosofía de entre las asignaturas en ese cadáver legislativo que es la nueva ley de educación. 

Entre los muchos errores que comete la nueva ley de educación de Wert y compañía hay uno que, evidentemente, pasa bastante desapercibido. Es el lento asesinato de la Filosofía en la aulas, una disciplina mal enseñada, por profesores que apenas entienden lo que hacen, una asignatura que siempre ha cojeado porque a nadie en España le gusta eso de pensar con profundidad. Hace daño y además es sospechosa para todos, ya sean de izquierdas o de derechas. Todos imponen una ideología que en el caso de buena parte de los conservadores es una genuflexión eterna y cíclica a una religión en proceso de erosión imparable. En el de la izquierda, esa dedicación social ciega que margina todo lo demás.

La Filosofía es el puente de pensamiento crítico y constructivo que existió entre la mitología, la religión y la superstición hacia lo que luego sería la ciencia y el racionalismo. Fue la transición, una forma de saber basada plenamente en el lenguaje y que intentaba sentar las bases de un conocimiento más profundo, abstracto y útil para el ser humano. Era un todo lógico y racional que por teorías sucesivas ayudó a mejorar el entendimiento. No es casual que la ciencia emanara de la filosofía o caminaran juntas durante siglos. Y una vez hecha la separación la filosofía se convirtió en pasto de la ideología política. Y cuando el pensamiento político se separó también de la filosofía a ésta sólo le quedó lo que siempre había tenido, el logos, el lenguaje.

El PP arremete una vez más contra todo intento de pensamiento que no sea el religioso o lo que sus líderes consideren bueno o útil. Las beneficiadas de la ausencia de obligatoriedad son la Religión y la Historia, los métodos tradicionales de los conservadores. Pero no se engañen, que si gobernara el PSOE probablemente la jeremiada habría sido idéntica o parecida. A la izquierda nunca le han interesado Platón o Descartes, total, ¿para qué? En sus sucesivos gobiernos las asignaturas de Filosofía han sido fulminada, o marginadas en el mejor de los casos, de muchos programas educativos. No tiene salidas comerciales directas y este país, mal que nos pese, es digno hijo de sus mil y pico años de historia bajo el calor de las sotanas, y todos sabemos que la grey no está en este mundo para pensar sino para obedecer.

Mientras en otros países más avanzados la Filosofía es obligatoria y troncal en España tiran de costumbrismo ibérico y dejan atrás una disciplina que ayuda a pensar porque altera para siempre lo obvio. Un estudiante de Filosofía, más si el profesor que tiene no es un cero a la izquierda (principal razón por la que la inmensa mayoría de los alumnos la detestan), sufre una transformación mental: se da cuenta de que nada es absoluto, que las teorías sobre el mundo se suceden y que ni la fe, ni el poder, ni los medios, ni la familia ni los amigos tienen la razón de nada o casi nada, y eso obliga a la persona a pensar por sí misma. Y eso, lo sabemos, es muy peligroso. Una forma de pensar crítica y constructiva a la vez suele naufragar cuando los fanáticos, demagogos y extremistas de un lado u otro se adueñan siempre de la situación. El filósofo no forma parte de la masa, porque ha aprendido a pensar por su cuenta, para bien o para mal. Y cuando la masa ruge, sea por orden del poder gubernamental que hace o deshace a su antojo o por voluntad sentimental propia, el individuo es engullido. Por eso a nadie la interesa la Filosofía.