Censurar el arte, sea bueno o malo, es como tirar un boomerang: acaba siempre partiéndote los morros cuando viene de regreso.

La censura es algo tan antiguo como el arte, como el poder y esa cosa indeterminada llamada política que sirve igual para arreglar un problema que para crear mil más. Que un gobierno censure, sea nacional o local, es algo también muy habitual. Censura la derecha, censura (algo menos, pero lo hace) la izquierda y censuran los nacionalismos. Hacen callar la voz de aquel que cuenta algo que no le gusta al poder o a alguien. Porque, como dijo hace poco Antonio Muñoz Molina, “la tolerancia no es algo natural, se aprende”. Por eso algunos, cuando ven algo que cuestiona, agrede o pone en solfa los pensamientos o ideología propia saca la guillotina a la primera oportunidad.

Pero que Salamanca, la misma ciudad donde protegen un medallón de piedra donde aparece Franco, a apenas diez metros de la entrada al ayuntamiento, a la vista de todo el mundo, censure una exposición sólo porque el autor le ha puesto boñigas en la cabeza a la infanta de turno, a Rajoy y a Bárcenas es poco menos que una broma de mal gusto. Las excusas, más allá de que el artista tenga o no talento, son muy peregrinas: “nos ha mentido, nos ha engañado, y lo van a ver muchos niños…”. La infancia es una de las mejores excusas que siempre ha tenido el poder para censurar algo. Nadie va a desproteger a la infancia, pero en su nombre se han cometido muchos atropellos contra la libertad de expresión. Los niños ya han visto boñigas y mierdas por las calles, muchas, y verlas en la frente de Rajoy, a quien no conocen en realidad, les va a impactar tanto como ver un coche pasar por la calle. O no, nunca se sabe, igual el próximo Rajoy está entre esos niños y ya entonces frunce el ceño ante algo extraño.

Salamanca, gracias a un gesto absurdo de censura que ha convertido en noticia lo que hubiera pasado sin pena ni gloria de haberse expuesto (casi nadie va ya a ninguna exposición), más allá de la calidad de la exposición (otra cosa que habría que ver con lupa, por cierto…), ha demostrado que no tiene aprendida esa lección de tolerancia necesaria para ser algo más que un pequeño rincón que soñó con ser mucho más grande pero que ha quedado tirada en la cuneta. La única que sobrevive y se mantiene es la Salamanca eterna de toda la vida: cañas, pinchos, tapas, ancianos deambulando como zombis, estudiantes de juerga, muros de piedra con demasiada historia, curas, algún que otro cacique que parece sacado de mente de Berlanga y un electorado bañado en morfina. Esa nunca desfallece.

Resulta peculiar que una ciudad que en su día presumió de ser destino cultural (nunca lo fue, jamás, y mucho menos cuando se terminó el dinero público) reaccione así cuando esa exposición era, quizás, de lo poco que puede llevarse a la boca el ciudadano de una capital de provincias que conoció tiempos mucho mejores. Una ciudad que tiene un auditorio de 1.200 butacas vacío y sin usar, otro de 120 infrautilizado, que apenas usa el teatro principal de la ciudad (el Liceo) y cuyo centro de arte contemporáneo es un cadáver público no puede permitirse salir de la bruma nacional con algo como esto.

Salamanca ya apenas es destino de nada, y ganar impacto mediático con el tic del “te censuro porque no piensas como yo” es muy peligroso. Genera mala imagen, que se traduce en el tópico de que en este lado de la Estepa sólo brotan el cereal y los facciosos, por no utilizar otra expresión menos amable. Sus dos universidades, sí, dos, son sombras atravesadas por la ciudad sin que ninguna aporte nada a la otra. Un destino perdido porque en su momento, cuando hubo dinero y ganas, no se hizo lo que se tenía que haber hecho. Pero hay sitios que nunca cambian. Porque ahí sigue el medallón, a veces cubierto con un plástico para evitar que le tiren globos de pintura, que le escupan o tiren piedras. Eso sí, nunca falta el turista europeo o americano que se hace una foto con ella de guasa para contar al regresar a su país que en España siguen rindiendo culto a un dictador. Por supuesto ese medallón es más honroso que una boñiga, claro…