Especie inteligente no implica especie sensata, más bien todo lo contrario: el último informe de la ONU sobre el cambio climático es como un despertador que nadie escucha. 

Hay una ley en el universo que no cambia nunca: causa-efecto, acción-reacción. Si cambia el clima cambiará la sociedad humana. Es tan irremediable como ver caer una gota de agua por la fuerza de la gravedad. Ya pueden las empresas y sus fondos de reptiles comprar el alma de miles de políticos, medios de comunicación y la mente de millones de incautos e ignorantes ciudadanos: el clima y su metamorfosis va a cambiarlo todo. La Tierra nunca ha tenido el mismo clima, por supuesto, y de manera natural también cambiaría: el problema es que la nueva transformación es más virulenta, caótica y acelerada que nunca por culpa nuestra.

La incapacidad de muchos gobiernos para pensar a largo plazo es una condena que nadie nos va a quitar. Y la avaricia de la industria, tampoco. Su mezquindad y falsa sensación de seguridad material se hará añicos cuando la naturaleza, que no entiende de ideologías y prejuicios, los haga volar con su lógica física aplastante. Entonces todos los lobbies del mundo no impedirán incluso su depauperación: hasta los ricos y poderosos verán las grietas comerse sus casas y vidas, porque la naturaleza no entiende de castas sociales: un huracán a la altura de Nueva York o Lisboa es una posibilidad real (ya los ha habido) que arrasará lo que pille por delante.

El cambio no significa que vaya a hacer más calor, es que el clima se va a volver terriblemente virulento y caótico, peligroso e impredecible antes de entrar en una nueva fase de estabilidad donde las oscilaciones frío-calor serán mucho más brutales. Pero por supuesto es difícil que un ser humano, metido de lleno en el día a día de su vida pequeña, tenga amplitud de miras para verlo. Lo urgente es pagar la letra del coche, de la hipoteca, evitar que te despidan, cuidar de los niños o de las relaciones personales… lo otro son cosas que quedan lejanas. Pero ni por asomo es así.

Escuchen bien esta cadena: un clima más virulento supondrá más tormentas, más sequías, cosechas más complicadas y, sobre todo, mayores gastos estructurales para intentar paliar los efectos de esos desastres naturales. Esto influirá en la economía, que se volverá más débil y volátil, con lo que la riqueza no estará asegurada. Al no haber un suelo económico firme las sociedades se volverán más inestables y habrá más revueltas y vaivenes políticos que afectarán a la estabilidad necesaria para la prosperidad. La inmigración aumentará desde las regiones que más sufran el cambio climático, y si Europa y EEUU ya están acogotadas por la sensación de asedio, imagínense dentro de 20 o 30 años.

La realidad es que, a estas alturas, poco puede hacerse ya. Pero cada movimiento, el que sea, ayudará a paliar los efectos y quizás, a medio plazo, atenuar los efectos de ese giro brutal que es el aviso de que la Tierra, después de más de 10.000 años de clima interglaciar estable, va camino de una nueva era de calor generalizado con intervalos de frío extremo que obligará a todo lo que viva bajo la atmósfera a acomodarse a las nuevas circunstancias. Si empezáramos hoy mismo a cambiar las cosas de verdad se podría lograr que el giro fuera más suave y conservar más tiempo el actual equilibrio. Pero eso sería pedirle mucho a una élites que, en su gran mayoría, están compradas por su propia avaricia y la ceguera.