Imaginación para poder ir un poco más allá, la industria cultural y la economía del conocimiento son las dos llaves de la puerta que no se abre si no es con materia gris añadida. 

China lleva 20 años viviendo de producir más barato, más rápido, en mayor cantidad y por lo tanto con una mala calidad y copiando todo para acortar los plazos. China lleva décadas ahorrándose miles de millones de euros en I+D imitando y mimetizando tecnologías occidentales, japonesas, indias o rusas. Pero ahora son otros los que producen más barato: Angola, Mozambique, Pakistán, Vietnam, Camboya, Nigeria, Ghana, Costa de Marfil, Kenia… porque siempre habrá alguien más pobre que tú dispuesto a tirar los precios. Así que China, como paradigma del crecimiento rápido que tantos gobernantes mediocres de Europa envidian, se halla ahora ante el mismo problema que tienen todas las sociedades del mundo: ¿cómo podemos seguir arriba o subir arriba?

Como dijera el personaje Leonard Hofstadter, “en un mundo tecnificado donde la fuerza bruta ya no es la regla de medición sino los productos del pensamiento, nosotros somos los reyes”. Eso significa que hay que apostarlo todo por cultivar la inteligencia y el ingenio, no sólo desde las escuelas sino también desde la propia sociedad y los medios de comunicación, extirpar el fantasma del orgullo de la ignorancia y los valores primitivos que podían valer cuando íbamos con taparrabos y cazábamos mamuts, pero no ahora. Educación: palabra clave que han entendido en muchos otros lugares donde lo que mueve la economía y les enriquece es no jugar a ser China, sino a ser Florencia, Venecia o Atenas, es decir, industria del conocimiento. Imaginación, imaginación, imaginación.

La industria cultural es un buen ejemplo de funcionamiento de la nueva sociedad: inteligencia, imaginación e ingenio, porque si no tratas al menos de aportar una nueva visión, repetirás lo de otros y serás insulso y fracasarás. Se cultiva el ingenio. Un reciente reportaje de The Washington Post (no lo olvidemos, en manos de Amazon y de Silicon Valley) alertaba a los norteamericanos que mientras en Occidente se perdía el respeto social y el culto a la inteligencia en algunos países asiáticos se había impuesto un modelo de culto a la inteligencia y la educación que había dado como resultado mejores individuos, al menos para cuestiones prácticas. Ese respeto a las obras de la mente debería ser el gran motor de Europa y de España, entre otras cosas porque fue en este rinconcito escuálido del mundo entre el Mediterráneo y el Ártico, entre el Atlántico y ese mar inabarcable de tierra y eslavos insípidos que es Rusia, donde el ingenio fue lo más importante. Nosotros también copiamos, pero supimos sacarle más jugo que otros.

Sólo así se entiende que repúblicas minúsculas como Venecia, estados aparentemente tan poco impresionantes como Florencia o Milán, Holanda o Inglaterra, dominaran el arte, la ciencia, el comercio y el mundo durante tanto tiempo. Es la imaginación encadenada a la inteligencia lo que marca la diferencia, no el dinero, ni la posición social, ni la pertenencia a una familia, ni la religión: nada de eso es lo que responde a la necesidad de crecer, es el valor añadido, por ejemplo, que conlleva un iPhone respecto al resto de máquinas parecidas, o el valor añadido de un pequeño medio que antepone la calidad, el rigor y la originalidad a la producción masificada e inmensa. Mientras que la sociedad ha estado atada a la cultura de masas y la economía industrial, ahora internet y el individualismo hacen dar la vuelta hacia una cultura de individuos más o menos masificados.

Valor añadido es lo que hace la cultura: un director teatral que decide, por ejemplo, darle la vuelta a todos los actores y que siempre estén de espaldas al público mientras en una pantalla digital se proyecta lo que realmente piensan mientras hablan los intérpretes; o un ingeniero que decide que lo mejor para un coche es poner un airbag para peatones que, de forma indirecta, supone también una protección pasiva para los pasajeros del propio coche; o crear un módulo espacial reutilizable, automatizado y compuesto de secciones intercambiables y fáciles de reparar y desmontar, diseñadas para convertir en impulso el rozamiento con la atmósfera y así poder ahorrar energía… todo eso son valores añadidos, producto de la inteligencia y la imaginación. Ya no se trata de producir más en menos tiempo, se trata de producir menos pero con mayor calidad y más sostenibilidad. Se trata de pensar. Todo lo demás es aire.