Vivimos tiempos de ideologías huidizas, donde nadie quiere retratarse para no asustar a ese nuevo gamusino que es el votante.

Retomamos la buena costumbre de este blog después de un tiempo de vacío y lo hacemos con una simple diferencia que marca los tiempos actuales en España. La derecha cae en barrena, la izquierda está rota y ya no vive en el mundo, la tentación de los extremistas de uno y otro lado crece porque la Gran Recesión no deja títere con cabeza y la confusión es inmensa. Algunos tienen la suerte de tenerlo claro, creen saber que sus ideas son las buenas y por lo tanto no caen en la deriva y el hartazgo. Esos son los peores: desconfía siempre de aquel que lo tenga todo muy claro, porque no dudará en colgarte de un árbol para que su universo particular de certezas no sucumba.

La duda es la madre de la civilización. Sócrates luchó a brazo partido contra los sofistas que relativizaban todo, pero esa duda y conflicto forma parte del alma de Occidente. Si no hubiéramos dudado no existiría la ciencia, ni el teatro, ni la literatura, ni el arte, ni la filosofía… Entonces Occidente sería un gigantesco menhir inamovible como lo son muchas otras civilizaciones que sobreviven rebotando contra sus fronteras. Pero Occidente no tiene fronteras, es una ameba que resbala por los bordes. A España le pasa lo mismo pero llevado al extremo: hoy nadie se retrata. El PP es de derechas pero huye de esta consideración. El PSOE ya no sabe ni lo que es. Y Podemos arrancó desde el cabreo social y generacional para derivar ahora hacia esa palabra tan peculiar que es “socialdemocracia” que en realidad sólo los escandinavos han puesto de verdad en práctica.

Las elecciones son gigantescas cacerías de gamusinos donde todos intentan agarrar por el cuello a ese votante perfecto de centro, sin darse cuenta quizás de que no está el tiempo para gilipolleces. Ha llegado la hora de la refundación y eso significa que ya no vale esconderse detrás de los lugares comunes. Quizás por eso ha subido tanto Podemos, y por eso probablemente será un fenómeno efímero con un resultado fijo difícil de evaluar. Los coros conservadores contra Podemos son la reacción lógica de unas relaciones de poder que se verán alteradas porque entra otro jugador. Se están jugando todos su sitio en la Corte y eso les pone muy nerviosos. Hay muchos serviles a los que alimentar y las elecciones combinadas (locales y generales) son la prueba de fuego de que se avecina un tiempo nuevo.

Pocas veces esos lugares comunes (conservador, progresista) se han visto tan trastocados. Pero pocas veces también han tenido tanto sentido como ahora. Un conservador es aquel que tiene miedo y se agarra al último clavo ardiente con tal de no caer en la espiral de continuo cambio que es el universo mismo. Es la reacción frente a la realidad, como si las tradiciones y los puntos inamovibles fueran reales y necesitaran sentirse atados a algo para no caer en el vacío. Como decía Isaiah Berlin, el último de los auténticos liberales (no la ponzoña actual), el conservador es como un erizo, mientras que el progresista es un zorro que se oculta y se adapta. Pero no es tan sencillo. En realidad el progresista del siglo XXI es una sombra sin fin que no se agarra a nada y se deja llevar por la corriente; antes era lógico, ahora, en tiempos de concreciones y decisiones, es un brindis al Sol que no llega a nada. Y España necesita decisiones basadas en la sensatez y el pragmatismo. Es decir, lo imposible.

Y en esa rueda eterna a la caza de gamusinos electorales seguimos: lo conservador y lo progresista es la dualidad que ha marcado a Occidente, y lo seguirá marcando. Siempre habrá gente buscando clavos en la pared y gente que quiere ser esa caña de bambú que se dobla sin moverse ante la tormenta pero que ya no volverá a ponerse recto otra vez. Podemos, al final, tendrá que definirse de alguna manera, ocupará un centro hastiado y cabreado con el PP y el PSOE, pero el propio devenir les colocará en un lugar acomodado; entonces surgirá otra alternativa cabreada contra Podemos, y la rueda seguirá girando… y girando. Conclusión: vivamos el momento y olvidémonos de los gamusinos, que por algo no existen.