Si ser emprendedor en España es poco menos que un milagro despreciado, imagínense lo que es ser científico, esa rara avis que no termina nunca de darse cuenta que debe imitar a las cigüeñas.

Después de mucho preguntar, reflexionar y finalmente encontrar, la ciencia en España tiene tres problemas, que son los mismos que todas las veces anteriores, los errores crónicos que lastran al país. Una idea es fundamental: la ciencia y la tecnología son vitales. Ya no vivimos en una civilización agraria o simplemente comercial. Las fórmulas tradicionales ya no valen. El mundo gira, palpita y avanza a través del binomio ciencia-tecnología. Todo lo demás son muletas o soluciones temporales que no crean conocimiento ni riqueza renovable, sino servicios de usar y tirar. El turismo, ese maná al que se agarran gobiernos mediocres, sólo genera bajos salarios para la mayoría y fortunas para los dueños de los hoteles y servicios. Es un extra que se ha convertido en el todo. El famoso “seguro de Sol” también existe en California, pero allí no viven del turismo, es un añadido más que explotan combinándolo. Los tres problemas fundamentales, siempre vistos desde fuera, son la fobia a la ciencia de la sociedad española, la falta de fondos suficientes y la excesiva burocratización del sistema público.

El primero es obvio: España es hija de Trento, de Carlos IV, de Fernando VII, de la Inquisición, de la “limpieza de sangre”, de la ortodoxia, el orden y la decencia mal entendida. Casi 500 años de trabajo propagandístico desde los púlpitos y los tronos no desaparecen en 40 años de democracia. Faltan muchos años todavía, y eso si se consigue. Mil veces lo hemos repetido, y mil veces lo repetiremos: hasta Unamuno cayó en el error del “que inventen ellos”. El espiritualismo místico religioso que ha impregnado España ha sido el peor lastre posible para el país, un callejón sin salida que nos ha apartado de la civilización avanzada durante generaciones y que todavía hoy da por sentadas cosas que son puro humo. Mientras esa influencia se mantenga no habrá manera de salir del marasmo.

El segundo problema proviene del propio sistema económico nacional, basado en el beneficio rápido a corto plazo y la explotación de los recursos. El sistema español es netamente público: el gobierno carga con el peso del I+D y eso no puede ser bueno, ya que el Estado no puede suplantar el potencial privado. El ejemplo es la actual crisis: se han rebajado y mucho las ayudas a la ciencia, y eso se traduce en paro, fuga de cerebros y depauperación del conocimiento. El ansia por tener bajo férreo control público la ciencia, una herencia de siglos anteriores, ha dado unos resultados nefastos, tanto en este campo como en la cultura. Es imprescindible liberar al poder público de toda la responsabilidad, porque cuando las vacas están flacas sabemos todos que la guillotina baja bien engrasada, porque para un gobierno ignorante siempre será mejor cortar en I+D que en otros campos. Justo lo contrario que hicieron las naciones que mejor han salido de la crisis. Y salir de verdad, no de mentira, como España.

Las empresas españolas están a la cola en I+D según Eurostat, y sobre todo su tacañería salarial es proverbial, de las que hacen leyenda. Tampoco es que el Estado ayude: mientras que en EEUU, Gran Bretaña, Canadá o Japón las empresas que invierten en universidades o I+D reciben desgravaciones fiscales, aquí por no haber no hay ni ley de mecenazgo. En el sistema anglosajón, imitado en otras muchas economías, las universidades (liberadas de mandos estatales) reciben fondos privados para investigación (además de fondos estatales), que son inyectados. Se invierte a largo plazo. Cuando hay rendimiento, las empresas recuperan sus fondos en forma de patentes e ideas con aplicaciones que generan negocio y puestos de trabajo. Así cada uno se lleva lo que quiere: las universidades fondos, y las empresas ideas que dan dinero. Ese mismo modelo se está aplicando en España, pero de forma minoritaria, tanto que podrían contarse con los dedos de las manos las que lo hacen.

Y finalmente una obviedad: el CSIC es un instrumento estatal muy burocratizado. De todos los problemas quizás éste sea el más fácil de solventar. Es cuestión de que en el CSIC dejen de pensar en clave siglo XIX al estilo francés y se flexibilicen para ser más eficientes. A los testimonios de muchos investigadores hay que sumar una anécdota: pongan “burocratización CSIC” o “quejas CSIC” en Google como nos sugirió un biólogo y verán el resultado, cientos de miles de coincidencias. La institución ejerce de filtro, embudo y maestro de ceremonias de la ciencia en España. Los requisitos, el papeleo, los formularios, los trámites, los comités… todo eso lastra, cuando no estrangula: muchos investigadores han terminado fuera del país porque no tenían el papel correcto. Kafka a veces también se pasea por los pasillos del CSIC. La estatalización sólo conlleva demoras e injusticias que aprovechan otras instituciones extranjeras para absorber la marea creciente de cerebros que huyen de España. Y sinceramente, no nos extraña. Hacen bien.