Hoy es el Día del Libro, la jornada en la que todos tienen la mala conciencia de los libros que no han leído ni podrán leer, las 24 horas en las que hay que aparentar comprando libros, o incluso, arriesgándose, leyéndolos. Pero recuerde: si no lee, va a morir. Se lo vamos a explicar, pero hay que leerlo hasta el final.

Cada año lo mismo: en Cataluña regalan rosas y libros, todos hacen cola para poder comprar uno; en el resto de España los libreros, esos valientes supervivientes del Holocausto cultural, sacan sus mesas y venden tirando los precios para aprovechar la ola social del “hoy es el único día en el que le vamos a exigir un mínimo grado de pasión cultural, luego ya puede seguir viendo usted Telecinco”. También es el día en el que se entrega el Premio Cervantes, este año a Juan Goytisolo, que aprovechando su momento de fama mediática le ha soltado un soberbio y bien elaborado rapapolvo dialéctico al poder y las élites. Pero todo eso son baratijas. Tapaderas. Excusas. Y lo vamos a poner en mayúscula para que se vea de lejos: HAY QUE LEER TODOS LOS DÍAS. Si no, morirá. Primer aviso. Ánimo, sólo quedan seis párrafos.

Las fiestas como la de hoy son escudos detrás de los que protegerse ante la dura realidad de una nación que ha sido cuna de algunos de los mayores escritores de la Historia pero que no lee ni aunque la encañonen con una AK-47. Un sistema educativo penoso tras otro, malos profesores, familias abotargadas intelectualmente y una tradición de siglos de cultivo de la sana ignorancia ha desembocado en una sociedad casi iletrada. No hace falta leer a Shakespeare, Milton o el ‘Ulisses’ de Joyce (dolor de cabeza garantizado y el regusto frívolo de leer lo que leen los intelectuales), tampoco a Góngora, Quevedo, Javier Marías o Unamuno (no, por Dios, ¡no!), y mucho menos se le va a exigir a usted que se atreva a viajar al principio de todo, al Big-Bang de Occidente, la ‘Ilíada’ y ‘La Odisea’. Mucho menos nos atreveremos a decirle que se lea la ‘Anábasis’ de Jenofonte, aunque todo ser humano con un mínimo de amor propio debería hacerlo. Simplemente lea. Lo que sea, pero lea.

Hace décadas que sesudos estudios médicos y neurológicos han demostrado que el acto de leer (y da igual el soporte, ya sea papel, Kindle o iPad) estimula el cerebro y reactiva zonas del mismo que de lo contrario estarían aletargadas hasta la decrepitud. Los primeros fueron los británicos, pueblo lector donde los haya (fuera siempre llueve, hace frío y los vecinos suelen ser ingleses molestos), que estudiaron a conciencia el comportamiento del cerebro durante la lectura. El resultado es que se iluminaba como un árbol de Navidad. Era pura vida recorriendo las carreteras que unen las neuronas. Nunca será usted más humano ni más digno que cuando lee. Se lo aseguramos. Y de nuevo: no importa el qué, simplemente lea. Pueden ser novelas, cuentos, relatos, ensayo, poesía, artículos periodísticos, manuales, novelas gráficas… pero por favor, lea. Porque si no lo hace, estará muerto. Segundo aviso.

Hay muchos tipos de muerte además de la obvia física. Porque, a fin de cuentas, la muerte física es una no existencia, y por lo tanto, si no existimos, entonces no somos, y al no ser nosotros mismos no tiene importancia nada, ni la muerte en sí. Sólo en el caso de que haya un Cielo y un Infierno, o un Limbo, o un Purgatorio, sólo entonces podríamos decir eso de “ay, por qué no leería más”, pero en realidad nadie ya vuelto de esos lugares, así que… Lea. Porque de no hacerlo morirá: su mente se apagará lentamente, muy despacio, tan pausadamente que ni se dará cuenta. Poco a poco abandonará usted su naturaleza humana para mutar en bovino bípedo que seguirá las pautas sociales, sin pensamiento propio, ni espíritu crítico, ni capacidad para parar y decir eso de “un momento, yo no pienso eso”. Esa chispa neuronal que le convierte a usted en una persona y no en una oveja desaparecerá. Y un buen día, sin darse cuenta, en lugar de pedir una caña o un taxi empezará a balar y a pensar que hace mucho tiempo que no lo trasquilan u ordeñan. Ese día estará muerto. Y de ese fallecimiento deriva todo lo malo que le pasa a la Humanidad.

Ya puede Goytisolo subirse a una montaña y clamar por la justicia social y el amor por la cultura con los pulmones de un dios olímpico. No importa. Las sociedades no cambian de un día para otro, necesitan décadas, generaciones. España ya llega tarde, pero no todo está perdido. En días como estos recordamos a personas que todos los días libran guerras silenciosas y secretas contra ese monstruo llamado Ignorancia, el principio y fin de todo lo malo. Son como San Jorge contra el Dragón; pero aquí, el dragón, en lugar de ser el símbolo de la sabiduría, la moral y el poder del alma frente a lo material y real, es la metáfora del peor mal imaginable, el mismo que arrastra a naciones enteras hacia el desastre, deslizándolas hacia la quema de libros masiva, hacia negaciones de la inteligencia, hacia el desprecio por todo aquello que no sea materialmente útil o no genere dinero. Es decir, hacia la nada.

Son valientes como Sebastián Nieto, Miguel Laviña Guayart, Carlos Fidalgo o Noemí Sabugal. Unos lo hacen devorando libros como si les fuera la vida en ello, como si por dejar de leer fueran a sufrir un ataque al corazón; viven a través de esos libros, mil vidas en una. También los hay que convierten el acto leer en una experiencia trascendente, en una religión, un culto personal que les hace mejores y luego te contagian lo bueno (o te regalan libros que te iluminan el cerebro como árboles de Navidad). Otros escriben en periódicos o blogs para evitar que la palabra muera, y empujan a leer. También escriben para generar otros libros que los demás deberemos leer para evitar morir. Son como druidas escondidos en los bosques, buscando el muérdago y esa hierba perfecta con la que poder hacer la pócima que nos hará a todos un poco más humanos. Los ojos se irán detrás de las palabras, abriendo puertas de una gran casa en la que Fidalgo y Sabugal le enseñarán cosas que no podría usted ni imaginar. Y el viaje siempre merece la pena.

¡Corra maldita sea! Hoy es un buen día para empezar a leer. Nadie le dirá nada. Mire a los lados: sus vecinos también lo hacen. Es el momento perfecto: sin complejo de culpa social por comprar un libro. Vacíe el cerdito hucha y con un puñado de euros invierta en usted mismo. Hay libros de bolsillo por apenas tres euros, menos de lo que vale una pinta mal puesta. Y mañana, cuando ya no haya excusa, enciérrese en el baño y lea. Discretamente. Que no se enteren los demás. Únase a la causa y luche contra los dragones junto a los miles de San Jorge que ya están allí. Si no, recuerde, ya se lo avisamos. Va a morir. Y de esa muerte no se regresa, ni se asciende al Cielo. Es la nada absoluta.