No se puede patalear entre lágrimas por el cierre de un negocio privado, por mucha influencia social y cultural que haya tenido. Pero dicho esto, resulta sintomático de una sociedad cada vez más mercantilizada y corta de miras que lugares como el Café Comercial no tenga otras opciones que no sean bajar el telón metálico como si fuera un simple bar más.

España es la patria de los bares y cafés. En otros países y ciudades la sucesión suele ser portal-librería-galería de arte-tienda. En España es portal-bar-portal-cafetería. Y precisamente por eso la piel de toro fue siempre la nación con más tertulias de barra de bar jamás pensada. Fue la respuesta popular a una realidad en aquella España predemocrática: ya que no hay apenas templos y ágoras intelectuales porque al español medio no le han educado para eso, ni interesaba a los que siempre han tenido el poder en sus manos, utilizamos los cafés como oasis de pensamiento. Así fue cómo el Café Comercial, con 128 años de historia hasta ahora, brilló como sede de decenas de tertulias y reuniones de escritores y pensadores en Madrid. Era el lugar perfecto: amplio, luminoso, con cierto estilo modernista y en una zona transitada y popular.

El Café Comercial está (estaba) en un lugar privilegiado: en la parte más visible de la Glorieta de Bilbao, en el corazón de Madrid, a las puertas del barrio de Malasaña, como un guardián custodio. A apenas tres metros de la puerta había una boca de metro de la estación que da nombre a la glorieta y durante años fue la primera parada de muchos universitarios que luego terminarían en los bares de Malasaña. El Comercial servía para quedar con los amigos antes de bajar por la calle Fuencarral. También para tomar un café antes de la maratón nocturna, o la primera caña, el primer escalón de la resaca del día después. Era un lugar donde se llegaba con ánimo y se salía predispuesto. Una estación inicial de un viaje. Y en todos los viajes, al principio, siempre se está lleno de ilusión. Por eso el Comercial tiene la imagen de oasis retro en la memoria de tanta gente. Era como el abuelo: antiguo pero interesante. Hablabas, debatías, discutías, te reconciliabas y vuelta a empezar. Allí hablabas de lo que no te atrevías con el resto de la gente: de libros, filosofía, arte, ciencia… Un reducto cavernario. Y al final siempre empezaba todo así: “¿Dónde quedamos?”, “No sé… ¿en el Comercial?”.

Pero… siempre hay un final. Sobre todo si es un establecimiento privado. Es lo que hay, y manda el capitalismo y el abatimiento humano. Ante la cámara veo a uno de los camareros (cuya cara recuerdo por la cantidad de veces que le pedí cafés) diciendo que las dueñas, ya mayores, están cansadas y quieren retirarse, y que cierran porque no aguantan el ritmo. El mensaje oficial es más diplomático: “Es una lástima tener que escribir un mensaje como éste, pero ha llegado el día del cierre y, por ello, queremos agradecer de todo corazón la confianza que nos habéis brindado durante estos muchos años llenos de maravillosas experiencias”. Una forma elegante de decir adiós, pero también de “ahí queda eso”. La familia Contreras es la dueña del negocio desde 1909; pero ha sido la tercera generación la que dice adiós. El Comercial fue establecimiento del año en 2000 y era reconocido oficialmente por ser el local centenario de Madrid. Lo que venga ahora ya es otra historia: ahí puede aparecer desde un McDonald’s a un Starbucks, o incluso el mismo Comercial pero en manos de otros con otra visión.

No es la primera vez, ni será la última, si es que queda algún lugar semejante, que los vetustos y veteranos cafés culturales cierren porque no aguantan el ritmo mercantil. La invasión de franquicias se ha llevado por delante muchos cafés y bares que tenían en ese aire intelectual el seguro de vida de ser diferentes. Por el Comercial pasaron casi todas las generaciones literarias del último siglo en España. Si eras escritor, artista, músico o intelectual en algún momento pasarías por el Comercial. Bastaba sentarse un sábado por la tarde con tranquilidad en uno de los sillones acolchados viejos como el mundo: mejor cerca de la ventana, para tener más luz y mayor ángulo: por allí caminaron ante los ojos desde Arturo Pérez-Reverte a Javier Marías, actores como los hermanos Botto o directores como Pedro Almodóvar, al que pude ver fugazmente porque iba corriendo a todos lados. Y miles y miles de hijos de la democracia que imitaban a sus mayores con la esperanza de ser parecidos a ellos al mismo tiempo que los detestaban.

Su historia sin embargo es otra muy diferente: pilar maestro de la cultura. Ya saben, los templos populares porque el poder no quiere gente pensando ni ponérselo fácil. En las mismas sillas, sillones y esquinas en las que estuve yo con amigos y no tan amigos pasaron también los hermanos Machado, Rafael Azcona, Jardiel Poncela o Celia Gámez. Lo que queda es un gran vacío que otros llenarán. El lugar es clave en Madrid y probablemente el alquiler o venta saldrá por un pico incluso en tiempos de depresiones inmobiliarias como los que vivimos. Madrid pierde una llave maestra, pero probablemente ya haya otro sitio parecido en otro lugar de la ciudad, solo que ése nuevo templo no tendrá 128 años de historia oficial y extraoficial. Intento calcular cuántos cafés me puedo haber tomado detrás de esas cristaleras y no atino un número. Siempre me hizo gracia por lo vetusto del lugar, como una cueva anclada en tiempos antiguos. Ahora echaremos todos de menos ese aire caduco que, en el fondo, era más auténtico que los cafés de diseño a los que la gente no va por el café sino por el Wifi gratis. Otro obituario más. Lástima.