Nada entorpece más cualquier tipo de voto o decisión que el miedo, la rabia o la creencia en algo. Nada es más tóxico para el progreso que pensar en el hoy en lugar del mañana. Nada puede ser tan problemático como para postergar cierto grado de racionalidad. De lo contrario se termina justo donde quieren los que te fustigan: da igual que sean las elecciones, un atentado o el chantaje emocional de alguien.

Por desgracia ha pasado otra vez. La estrategia del miedo del terrorismo tiene la misma fuerza que un pisotón inesperado: te duele en el momento, te deja en estado de shock, sumido en la rabia y las ganas de devolver el golpe con otro mayor. Es la parte más profunda de tu cerebro, la más antigua y ancestral, violenta y fulgurante, la que actúa. Entonces sólo piensas en vengarte o en tomar decisiones guiadas por la testosterona. Al momento siguiente del atentado de Niza el 14 de julio ese cubo de basura y frustración digital llamado comúnmente “redes sociales” se dividió en dos: los que lloraban y rezaban, y los “listos” que parecen saber siempre lo que hay que hacer a toro pasado y que denigran a los que lloran a los muertos por su supuesta debilidad. El duelo es parte de una buena decisión: primero lloras, luego piensas. Actuar sin pensar es precisamente lo que haría un mono en la selva, no un ser humano, al que se le presupone otro grado de sofisticación. Por supuesto la crítica es obvia: el que no actúa es un cobarde. El alegato del valor o la fuerza también es lo que haría un mono. No importa la crítica: la virulencia reactiva sólo sirve para huir de un león, no para matar asegurarte de que ese león no vuelva a atacarte.

Matar en nombre de un dios, de una patria, una ideología o un nexo emocional con algo es tan común como comer y luego ir al baño. Cualquiera puede hacer eso, y sobre todo es mucho más común de lo que la civilización piensa. Da igual en nombre de qué se haga, al final el resultado es el mismo, un círculo vicioso donde un golpe se responde con otro, sin usar nunca la inteligencia. Sí, claro, pueden decir, es fácil pensar así, pero lo cierto es que nunca una decisión en caliente ha ayudado a nadie. Ni siquiera cuando parecía funcionar. Sólo sirve para mantener la misma situación sin cortarla de raíz. El terrorismo religioso que sacude a Francia, a Europa y Oriente Medio, a EEUU, incluso a China, sólo es uno de esos círculos, donde lo peor que se puede hacer es dejarse llevar por la receta de los “listos en caliente”, esa gente de poca utilidad que prefiere imitar a los que le han atacado que buscar la mejor manera de responder. Gente que confunde la rapidez con lo correcto, o la fuerza con lo efectivo, o la mala leche con lo útil. Es el pensamiento fácil de gente fácil.

Pero es el precio del dolor. Quizás por eso el ser humano no ha avanzado tanto como debiera, porque es un ser con miedo, siempre agazapado detrás de sus temores en lugar de romper todos los círculos viciosos planificando, pensando, tomándose tiempo para dar con una solución eficiente que corrija el problema. Pero es mucho pedir. Todas las mentes que han pensado o investigado sobre el comportamiento humano dicen siempre lo mismo: hay que guardar el duelo, dejar correr el dolor hacia fuera y llorar, lamentarse. Para muchos los símbolos de solidaridad emocional son inútiles, como si comportarse como un basilisco les fuera a asegurar algo mejor. Para nada. Esa es la opción fácil de seres fáciles, como Trump, como Le Pen, como los nacionalistas ingleses que han arruinado el futuro de su país, como los votantes rusos que viven en permanente miedo hacia el resto del mundo y se aferran a Putin. Ninguno sirve para nada salvo como coartada del miedo. Y nada hay más poderoso que el miedo, ni siquiera el dinero. El miedo siempre lleva a las peores decisiones.

Por eso se guarda el duelo, es el tiempo de calma antes de tomar una decisión, que no puede ser otra, en el caso del ataque en Niza, que pensar más, planificar más, acumular más información y detener el siguiente golpe. Uno tras otro. Las guerras modernas son crónicas, latentes, nunca explícitas, siempre están agazapadas a punto de explotar. Por eso reaccionar en caliente no funciona hoy: quizás hace mil años, en una era medieval donde nadie esperaba inteligencia, pero no en este siglo. Aquí lo que funciona es la parte superior del cerebro, la que entierra a los muertos, los llora y abraza a los que sufren. Pero que después empieza a pensar en cómo actuar discretamente y sin dar más combustible al miedo. No se trata de ser un reptiliano con peluca o un anónimo lleno de rabia y falsas creencias que se desfoga en internet, capaz de tomar todas las malas decisiones posibles dejándose llevar por el tam-tam selvático, sino elevarse por encima de las circunstancias. Las guerras no se ganan a corto plazo, sino evitándolas y, si no es posible, planificándolas a largo plazo. Lo dijo Sun-Tzu hace miles de años. Lo dice la inteligencia hoy. Y mañana. Para todo lo demás está la red, que lo aguanta todo. Especialmente la frustración infantil e inútil.