Es muy posible que cuando todo pase, cuando la civilización y la propia Humanidad sólo sean un recuerdo polvoriento, los tardígrados sigan viviendo en el planeta. O incluso fuera de él. Sólo necesitan un poco de agua y su hábitat ya está creado: se hinchan y deshinchan a voluntad, un proceso de hibernación latente que puede soportar desde temperaturas infernales de más de 150º a rozar el cero absoluto, incluso ser expuesto al vacío exterior donde la radiación cósmica y solar aniquilan cualquier forma de vida. Menos es siempre más. Al éxito biológico por el camino de la simplificación brutal.

Existe un concepto, el minimalismo, que es muy interesante por un motivo: política de costes, que aplicada a las artes, la tecnología y la vida misma da como resultado más recursos en efectivo, más funcionalidad y menos estrés. Una habitación para ser dormitorio sólo necesita una cama, un armario y quizás, como mucho, una mesa para la lámpara. Recargarla como si fuera una capilla barroca construida por humanos con horror vacui agudo sólo consigue malgastar recursos, ocupar espacio y, sobre todo, alterar la verdadera realidad del espacio útil. La funcionalidad se convierte en un arma que genera efectividad y eficiencia: más con menos, por lo que se ahorran costes, energía, recursos, y se puede vivir mejor. Lo sencillo siempre funciona. Es una prolongación al nivel material de la “Navaja de Ockham”: la solución/explicación más sencilla, la que menos condiciones necesita para su cumplimiento, es siempre la más plausible porque necesita menos elementos para que sea factible.

Si lo llevamos a la biología podemos generar modelos de resistencia y sofisticación total gracias a que lo sencillo funciona, lo simple se adapta mejor a las circunstancias, y desde luego ahorra mucha energía en mejorar. Entre otras razones porque no lo necesita. Sólo hace falta pensar en animales que nos parecen sencillos, comunes, que llevan miles de millones de años sobre la Tierra y que apenas han evolucionado porque dieron con un modelo efectivo desde el principio. Triunfaron el tiburón, la cucaracha, la mosca, la rata, la gaviota, lograron un éxito total las bacterias, los virus… y hasta cierto punto los humanos, que supieron adaptarse gracias a su inteligencia y un sistema digestivo capaz de comerse cualquier cosa que se mueva o crezca del suelo. Pero nuestra perdición es el extremo grado de sofisticación biológica que hemos desarrollado: nacemos con el cráneo deformado porque tenemos que pasar por una abertura que no fue pensada para sacar un cerebro tan grande, cuando llegamos al mundo somos pura debilidad y necesitamos de otros porque ese mismo cerebro que nos garantiza el reinado implica mucho tiempo de desarrollo. Ganamos porque la tecnología nos ayuda, si no, adiós.

Es algo recurrente: el organismo más primitivo suele ser el más eficiente y eficaz, el que mejor sabe adaptarse por su tosquedad, su estructura o capacidad son resultado de millones de años de eficiencia. Funciona, está diseñado para sobrevivir y para nada más: nacer, alimentarse, crecer, reproducirse y morir. Todo lo demás son cargas, extras añadidos que no terminan de generar nada útil. No compone sinfonías, no escribe poemas, no forma familias ni patrias, ni sueña con alcanzar las estrellas. Su existencia está condicionada por la máxima de la rentabilidad absoluta de la supervivencia a toda costa. Su pequeño tamaño les obliga. Son formas de vida tan ínfimas que se necesita un microscopio potente para poder verlas. Y nos sobrevivirán. Son el triunfo absoluto de la vida, y en caso de Apocalipsis los tardígrados sí podrían seguir su propio camino evolutivo. Nosotros probablemente no. A pesar de toda nuestra tecnología.

Haríamos bien en aplicarnos esa misma fórmula a escala: nuestra forma de vida no es minimalista, nunca lo ha sido, nos expandimos al nivel material tanto que llega un momento en el que no es más que un lastre para nosotros mismos. El consumo sin freno, la incapacidad para aprovechar los recursos de una forma más eficiente, y de poner por delante la ganancia a corto plazo a un desarrollo más eficaz y eficiente, la necesidad absurda de acumulación material y el falso sentido de la eternidad que tenemos, incapaces de ver que todo es cambio, que todo es caduco y que hay que reciclar la propia vida de generación en generación, que nada es para siempre y que lo fijo y sólido no existe en nuestra escala temporal (¿qué son unos cuantos miles de años de Historia al lado de la eternidad del suelo que pisamos, o del Universo que nos rodea?), todo eso nos condena a ser un elegante fracaso relativo.

Sea lo que sea que nos depare el futuro, la extinción, la regresión por nuestros propios errores, la vida seguirá su curso reconvertida y adaptada a cada circunstancias. Las especies más funcionales y minimalistas tendrán una nueva oportunidad, algunas evolucionarán para ocupar los nichos dejados por las extintas, incluyéndonos a nosotros. Quizás entonces los tardígrados, haciendo valer su capacidad para sobrevivir, evolucionen para llenar los vacíos que nuestro modo de vida suicida y nada minimalista, disfuncional, y en muchos aspectos suicida, deje tras de sí. La Sexta Extinción no es una ilusión, ni una profecía siniestra, es una realidad: el 50% de las especies del mundo están amenazadas por nuestra forma de vida, basada bastante más en la de un virus que en la de una especie animal insertada en un ecosistema. Consumismos sin freno, somos cigarras ciegas rumbo al desastre. Para cuando reaccionemos ya será tarde. La vida seguirá, pero de otra forma. Con o sin nosotros. Quizás para ser el reino de los tardígrados.