Pongamos un tono más optimista y centrado en esa maquinaria tan encantadora para nuestra imaginación que es el cine y la TV, pero más específicamente la gran Meca del Cine, Hollywood, que lleva años con la sensación de generar más dinero pero menos fidelidad, más récords pero menos afluencia a los cines. La baja calidad general de los caballos de batalla de las productoras, el auge de la ficción televisiva e internet tienen pillada por el cuello a la máquina de hacer sueños. Los Globos de Oro de 2018 son un buen ejemplo del panorama. Aquí van las lecciones aprendidas.

Primera: la industria todavía confía en poder hacer algo mejor que una máquina de hacer palomitas, aunque sigue empeñada en vivir de ellas. Los Globos de Oro han demostrado que las mejores películas no tienen por qué ser las más taquilleras o las que mejores réditos deja en los bolsillos. El panorama es muy sencillo: a un lado están Marvel, DC, la larga ristra de productoras especializadas en cine de acción o comedias fáciles, en adaptar videojuegos o telefilmes televisivos; al otro lado, el resto. Los premios suelen poner negro sobre blanco y elegir lo de más calidad, o cuando menos lo seleccionan. Los galardones a ‘La forma del agua’, ‘Tres anuncios en las afueras’ o ‘Lady Bird’ son demostraciones de que se puede hacer cine fantástico, cine político o cine independiente con maestría y buen gusto al margen de las grandes masas.

El ansia de la industria, y la progresiva infantilización del público en Occidente (y fuera de Occidente) ha partido en dos un negocio que antes era integral, especializado pero integral. Los Globos de Oro no son el cine real o mayoritario, sólo el recuerdo de que a la máquina de hacer dinero todavía le duele el recuerdo de un pasado mucho más brillante y bastante menos mercantilizado. Siempre hubo taquillazos, por supuesto, pero la distancia entre el fenómeno de masas que fue ‘Lo que el viento se llevó’ y las sagas de la Marvel es tan abismal que cabe todo el siglo XX entre medias.

Segunda: el futuro puede ser femenino (si lo permiten). No es una casualidad que la reivindicación del 50% de la prole humana se haya convertido en una constante en los últimos meses. Además del escándalo estilo iceberg de Harvey Weinstein ya tocaba que la mayor industria del entretenimiento del mundo (si excluimos los videojuegos, el mercado asiático e internet) se fijara en la mitad de la Humanidad. Dicho así parece una broma infantil, pero es el mismo adjetivo que podríamos utilizar para una máquina de hacer dinero que ha preferido aglutinar al 50% en lugar de optar por el 100%. Las victorias de ‘Lady Bird’, ‘Big Little Lies’ y ‘The Handmaid’s Tale’ no son casuales, series donde las mujeres son el motor básico, en sucia realidad o distopía agobiante.

Forman parte de un proceso mucho más grande. Y el colofón fue el largo discurso de Oprah Winfrey, entre la reivindicación de la mujer y de las minorías, todo con olor presidencial y quizás preparándose para postularse para 2020 contra esa suma discordante de toda la idiotez y la mezquindad humana llamada Donald Trump. Otra cosa es que Hollywood no repita el mismo proceso de la cerilla: estallido, combustión y consumo de material hasta que finalmente se extingue. De ser así habrá perdido una oportunidad perfecta para congraciarse con el futuro, porque es ilógico, irracional, poco rentable económicamente y un suicidio social, ya que la sociedad seguirá su propia marcha al margen de filias, fobias y de que la inmensa mayoría de los ejecutivos que deciden qué es Hollywood sean hombres blancos. Y lo que vale para EEUU también vale para Europa y España, a todos los niveles. Y el tiempo y la Historia no suelen dar segundas oportunidades.

Tercera: la ficción en TV sigue siendo mucho más interesante que el cine. Un año más las series de TV demuestran que se han quedado con lo mejor de la industria. No obstante la Edad de Oro de las series ya parece haber terminado, así que, si sigue el camino del cómic, empezará en breve una Edad de Plata algo más extraña pero fascinante que nos dará algunos buenos ejemplos de creatividad arriesgada. ‘The Handmaid’s Tale’ es uno de ellos, pero también la larga lista de nominados que perfectamente podrían haber disputado el premio, aunque el panorama necesita urgentemente de que haya más ‘Black Mirror’. Menos efectismo rebuscado y quizás algo más de sinceridad y sencillez. Menos ‘This is us’ y mucho más ‘SMILF’, por ejemplo, o encontrar la forma de explotar cada recoveco que quede de creatividad para que no le pase lo mismo que al cine.

Los buenos guionistas, los productores con talento, incluso los directores, pasaron lentamente sin hacer mucho ruido y lograron revitalizar la ficción de la industria con ‘Los Soprano’, ‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’, ‘Breaking Bad’, ‘The Wire’, ‘Mad Men’, ‘Deadwood’, ‘A dos metros bajo tierra’, ‘Twin Peaks’, ‘A good wife’, ‘True Detective’, ‘Boardwalk Empire’, ‘Black Mirror’, ‘House of Cards’… por poner algunos ejemplos. Atrás quedaron las colinas de Los Ángeles, que no paraban de producir adaptaciones de cómic (algunas de gran nivel, ya clásicos contemporáneos como ‘The Dark Knight’, y otras con gancho popular pero poco que aportar) o libros para adolescentes. Siempre historias de otros, y con fórmulas utilizadas una y otra vez.

Cuarta: Hollywood está muy politizado (o por lo menos lo aparenta). El tópico asegura que son todos liberales (en el sentido norteamericano del término), progresistas, con una gran conciencia ecológica, social y abiertos de mente. No obstante los centros de poder de la industria modulan la ideología para evitar que les salpique la sangre: las bromas de Seth Meyers, presentador de la gala y uno de los más originales (dentro de cierto convencionalismo) showman de la TV de EEUU, se llevaron algún que otro abucheo tímido sobre el caso Weinstein, no así sobre Trump, la diana perfecta para un Hollywood que presume de liberalismo pero que luego se comporta como un opulento millonario más, con una frivolidad dañina socialmente pero que, por desgracia, forma parte del marketing del negocio. Sin el brillo de lo superficial la industria no sería Hollywood, sería otra cosa.

Está politizado, pero mucho menos de lo que pensamos, porque sobre todo manda el dinero. Son un quiero y no puedo: podrían mojarse de verdad, pero entonces la red de privilegios económicos que sostiene a la industria se vendría abajo. Pero eso no significa que no haya cierto grado de legitimidad en las críticas a los conservadores, a pesar de que luego muchos de los ejecutivos que toman las decisiones sean conservadores. No es tampoco casual la irrupción de las potenciales candidaturas de Oprah Winfrey o Dwayne Johnson para 2020; son también parte de ese perfil político, aumentado por Trump, que es la némesis de casi cualquiera ser humano con dos dedos de frente. Pero una cosa es sugerir y otra poder. EEUU puede votar a un racista ignorante y hacerle presidente; está por ver que esa falta de baremo se aplique a un hombre de etnia minoritaria o una mujer negra. Obama era otra cosa, era parte del sistema.

Quinta: el mercado español importa muy poco. Muy pocas películas que compitieron en los Globos de Oro 2018, salvo un puñado (‘Coco’, ‘Molly’s Game’ y ‘Dunkerque’), se habían estrenado en España en la víspera de la gala. Lo harán en los próximos fines de semana. La falta de tirón entre el público y la pasión por la piratería por parte de los españoles producen un efecto alérgico entre los distribuidores, que llegan a la conclusión de que, aunque España suponga un mercado potencial de unos 40 millones largos de consumidores, el rendimiento final no es positivo. Basta escuchar una conversación mundana y casual en una cafetería, un bar o un restaurante sobre cine y el consumidor medio siempre acude a lo mismo, “ya lo veré en internet”. Y gratis. La palabra maldita. Los españoles siguen sin darse cuenta de que los contenidos hay que pagarlos, que la cultura audiovisual o escrita tiene un precio y que no pagar es un robo por omisión, que todo cuesta dinero, poco o mucho, que la barra libre de internet se acerca a su fin porque quienes gobiernan la red ya están hartos de perder dinero. Lo harán de otra forma, claro, pero pasaremos todos por caja con un sistema más inteligente de distribución. En realidad ya existe, se llama pago por descarga, y a Netflix le ha ido muy bien. Ese es el futuro.