Es bueno que los demás se equivoquen. Es mucho mejor que asistamos en directo a sus errores. La simple observación, cierto grado de empatía con el que comete el fallo y una reflexión práctica te enseña a no tropezar en la misma piedra. Al menos esa es la teoría, pero los humanos siempre cometen errores similares. Y son una masa que se mueve por dinámicas aleatorias y emotivas, no por racionalismo. Dos ejemplos: EEUU y Gran Bretaña, dos crisoles culturales que han decidido tirar por la borda un modelo. Veremos lo que no hay que hacer, lo que puede destruir una sociedad plural y enriquecida, el acto de quemar las naves sin heroísmo alguno. Porque han elegido el camino más fácil y reduccionista, y lo más probable es que no funcione.

EEUU. Para un país sacudido por la lacra del racismo desde el primer momento de su existencia, nada peor que un racista en el gobierno. Todas las pulsiones xenófobas, el patriotismo barato impregnado de nacionalismo identitario en un país construido por generaciones de emigrantes, son como lanzar un boomerang. Especialmente incongruente en un país donde todos vinieron de fuera salvo los nativos que fueron aniquilados. Si la sociedad que gobiernas es muy homogénea esa necesidad de reafirmación de una parte sobre el resto no es necesaria. La necesidad de ratificación de la identidad deriva del miedo al otro, no de la razón, sino de las tripas. Por eso es infantil. Por eso en sociedades abiertas es tan peligroso y contraproducente cargar el peso de la identidad sobre un grupo, por mayoritario que sea. Está claro que ser blanco y anglosajón en EEUU es un privilegio: a pesar de que han pasado ya más de 230 años desde su fundación y que en el fondo la población blanca es una amalgama caótica de europeos de todos los lugares, tamaños y orígenes, la lengua inglesa es el vehículo del nacionalismo blanco. Por el contrario, hay 57 millones de hispanohablantes, de los cuales una gran parte son criollos, mestizos o afrocaribeños. Además hay otros 30 millones de afroamericanos, y los asiáticos han crecido en número exponencialmente en la última década. Y no sólo no van a esfumarse sino que van en aumento. Quizás los blancos tienen un miedo atávico y racista a ser minoría.

El resultado es una sociedad diversa donde todos se mezclan y no hay posibilidad alguna de fundamentar nada sobre un grupo concreto. La demografía juega en contra de ese canto del cisne de la vieja tradición blanca: cada vez son menos, y el país que conocieron en la bonanza de la posguerra ya no volverá nunca. Romper desde dentro una sociedad así a partir de parámetros xenófobos es un arma de doble filo: los emigrantes optarán por otros lugares, con lo que la sociedad norteamericana se hará más pobre, menos diversa, más mediocre y por lo tanto más decadente. Perderá su preeminencia. Si aterrorizas a cualquiera que no sea blanco y anglosajón (o al menos lo parezca), si persigues a los negros, los latinos, los asiáticos, a los que hablan en español, o chino o árabe, si utilizas el sistema penitenciario para criminalizar a las minorías, y el sistema de visados para discriminar a una gran parte del planeta… entonces no mereces la pena. EEUU ha basado siempre su potencial humano en su capacidad para ser una sociedad atractiva para el talento, sin hacer muchas preguntas, sin exigir nada salvo trabajo y esfuerzo, una nación a la que imitar y seguir; si pierde ese potencial será igual de mediocre y mundana que el resto de estados-nación. Y ya va camino de ello. Todo lo que destrocen Trump y sus seguidores se tardará mucho en reconstruir. Si es que lo consiguen.

Gran Bretaña. El Brexit ha sido algo más que un tiro en el pie. Es un suicidio colectivo basado en la fútil creencia de que un cierto grado de aislamiento va a conseguir “liberar” al viejo reino imperial y darle de nuevo brillantez. La nostalgia es terrible, esa necesidad de regodearse en el recuerdo de lo que fue y no será, de un pasado reconstruido tantas veces en la memoria necesitada de refuerzo positivo que acabas por perder el norte. De nuevo el sentimiento. No se puede dirigir una sociedad con la piel, sino con la cabeza. Pueden aludir a un cálculo contable: el dinero que aportamos a Europa, si nos lo ahorramos, puede ser reinvertido y entonces ganaremos más. En realidad no es así: la multiplicación de posibilidades siempre genera más beneficio que la reducción, por lo tanto es de lógica pensar que una Gran Bretaña dentro de un sistema más grande siempre será más productiva y tendrá más oportunidades. El nacionalismo inglés, siempre tan civilizado al tiempo que profundamente xenófobo, termino por quitarse la careta y mostrarse como lo que es, una versión algo más hipócrita del nacionalismo continental. Si el Brexit hubiera significado reformular el propio sistema y crear un estado-nación más abierto y cosmopolita, intentar trasladar el “modelo Londres” al resto de la isla, entonces quizás el Brecit hubiera sido una buena decisión. Pero fue justo lo contrario. No hay que olvidar que el principal acicate del Brexit fueron la “recuperación del control fronterizo” y “frenar la inmigración”.

Es decir, nada de soñar con ser una nueva Singapur (donde se mezclan chinos, hindúes, musulmanes, cristianos y gentes de siete etnias diferentes sin problema), más bien parecerse a Hungría y Polonia, en continua exaltación de la identidad inglesa, quizás de las más fuertes y que menos necesidad tiene de ser defendida. Más bien modernizada. El Brexit es en realidad una consecuencia de una decadencia acelerada desde la Segunda Guerra Mundial, donde el heroísmo británico y su resistencia frente al nazismo exigió un coste terrible. Como suelen decir los propios británicos, “ganamos la guerra, pero perdimos la paz”. El Imperio se esfumó y hoy sólo es el vago recuerdo nostálgico sostenido por una anciana venerable que está ya más fuera que dentro. Y lo peor de todo es que esa angustia identitaria ha calado más hondo en las clases populares que en las altas, que siempre han demostrado una hipocresía digna de un junco en la tormenta. La abigarrada clase alta inglesa seguirá disfrutando del mundo y de Europa, pero el resto se dará de bruces contra una realidad temible que ningún anglófilo puede camuflar o subestimar por mucho que quiera. Lo peor del Brexit no es el impacto inicial, sino el legado posterior de años. Son decisiones telúricas que afectan a los cimientos y sus consecuencias sólo se verán en una década, como mínimo. Los británicos, por una diferencia de menos de cinco puntos, decidieron un nuevo futuro que, como todo, tendrá consecuencias. De momento han logrado que mucha gente se piense dos veces viajar allí, que muchos emigrantes de gran talento pongan pies en polvorosa. Entre ellos muchos españoles.

El verdadero problema futuro serán los más de tres millones de europeos que viven en Gran Bretaña, muchos de los cuales, una vez consumado el Brexit, serán el objetivo de la presión nacionalista. Y con ellos se esfumarán muchas más oportunidades. Dijeron que suplirían a la Unión Europea con tratados más ambiciosos con India y el resto de la Commonwealth, pero nadie parece tener mucha prisa en negociar con Londres. Aseguraron también que el dinero ahorrado serviría para reinvertirlo en la sanidad pública o los transportes, pero en lugar de eso han seguido recortando en todo porque se quedan sin fondos. Soñaron ser Singapur, Noruega, Canadá o Australia, pero alguien debería recordarles que la primera es un crisol étnico donde la convivencia es un asunto de Estado y el racismo está incluso penado, que la segunda tiene una larga tradición de comunitarismo social que los ingleses aborrecen, además de ingentes recursos naturales que tampoco tiene Gran Bretaña; también que la tercera es justo lo contrario de lo que es la isla, una sociedad abierta y multicultural donde no se tolerarían los comportamientos de los hooligans o esa diezmada clase obrera blanca embrutecida que todos conocemos; y desde luego no tienen el empuje, juventud y estilo de la cuarta, una California más grande y que absorbe población asiática que quizás guarda, por ahora, vínculos británicos, pero por poco tiempo. Cada generación incide más en identidades forjadas de forma muy diferente a la de los británicos. Además, seamos sinceros, Canadá y Australia no necesitan a Gran Bretaña. En el país norteamericano incluso muchos conservadores indican que no habrá cambios mientras Isabel II viva… después…

Vivimos en un siglo convulso, tanto que lo que parecía inevitable, el triunfo de la civilización global basada en la tolerancia, la mezcla y el crisol cultural, empieza a no tener tan claro el futuro. Los enemigos de la universalidad del siglo XXI hablan de que todo es subjetivo y opinable, pero la realidad es tremendamente tozuda y no admite ideologías, religiones o tópicos. Las sociedades que más crecen son las que más se abren al exterior, las que multiplican las oportunidades en red y las que admiten la diferencia como un pilar fundamental de su entramado social: Canadá, California, Nueva York, Holanda, Australia, Singapur, o la nueva Irlanda, que parece ya un puzzle humano… Con el tiempo veremos quién gana, pero las matemáticas mandan. Siempre lo han hecho. Al Universo le importa un bledo lo que creamos, pensemos o sintamos, se mueve por pura combinatoria lógica, y si el progreso implica ser un crisol, seremos un crisol.