Luis Cadenas Borges | CORSOEXPRESSO

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La pandemia (7) – La falsa guerra política

Las crisis sanitarias tienen la virtud de desnudar al Emperador y dejarlo ante sus propias vergüenzas. Lo que ha dejado esta pandemia que no termina es el efecto de darse de bruces con la realidad. Pocos países hay en el mundo tan adictos políticamente a la gasolina y las cerillas como España. La democracia española es una “partitocracia” donde las redes de poder no respetan ni el sufrimiento de la sociedad ante una enfermedad que parece un francotirador sádico. Al margen del juego de la ruleta rusa del PP, empeñado en reaccionar como lo han hecho todos los partidos conservadores históricamente (sólo puedo gobernar yo, todo lo demás es caos), y de la tendencia al personalismo excluyente del PSOE (ya lo decía mi padre, ése partido es su líder y lo demás son circunstancias), la decepción del pueblo respecto a sus próceres es inmensa, generalizada y no augura nada bueno.

La pandemia (6) – La responsabilidad individual (y no te va a gustar)

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Pocas veces hemos tenido que enfrentarnos con tanta fuerza a la necesidad de apuntalar la responsabilidad individual como durante la pandemia. Y muy pocas veces también ha surgido la duda de si la población está dispuesta a asumir el otro lado de la libertad individual, los deberes imprescindibles para que una sociedad funcione. Mañana empieza la fase 1 en muchas provincias, y veremos hasta qué punto respondemos como sociedad civilizada. Porque una minoría ya ha demostrado, desde que se pudo salir con niños, que no todos entienden que no hay libertad sin responsabilidad. Aviso: a nadie le gusta que le recuerden sus errores, son libres de parar de leer y mandarnos a… donde les apetezca, este es un país libre. Relativamente y temporalmente confinado, pero libre.

La pandemia (5) – Lean a los estoicos

Para estos tiempos en los que el ánimo, los nervios, la serenidad y lo que creíamos un mundo bien controlado saltan por la ventana no hay mejor recurso que el estoicismo, y más concretamente la ética estoica. Olvídense de la dimensión popular banal que le ha dado el tiempo, un individuo estoico es mucho más que alguien que aguanta con todo. Eso sólo es una burda simplificación. Y si ha habido una época para ser estoico, desde luego es ésta, y más en España, donde la impaciencia es la Reina dominante. No va a ser mucho, tranquilos, apenas tres o cuatro párrafos muy concentrados para leer del tirón.

La pandemia (4) – La sanidad y las tres lecciones del día después

Una de las lecciones recurrentes de toda crisis sanitaria es fortalecer la propia sanidad. Un virus puede hacer más por el futuro sanitario de un país que miles de millones de euros en marketing y propaganda política. En algunos lugares como Madrid o Cataluña años de recortes presupuestarios estallan en la cara de gobiernos y ciudadanos. Y el sistema sanitario privado jamás podrá encajar un suceso como éste, porque se diseñó para una minoría que pide hora con tranquilidad, no para urgencias o las masas. Pero se pueden sacar tres lecciones positivas para el futuro.

La pandemia (3) – Los apocalípticos y los proactivos

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En toda crisis hay dos opciones: el caos o la organización. En toda tragedia hay dos salidas: el dolor ilimitado o la resiliencia. En todo estado psicológico, emocional y social de alteración hay dos reacciones: ser apocalíptico o ser proactivo. Es la diferencia entre salir del agujero con fuerza o no hacerlo.

La pandemia (2) – La solidaridad

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En tiempos de crisis, cuando las sociedades y todos sus elementos caminan sobre el filo, es cuando se detecta mejor a los compañeros de viaje y a los que no nos quieren ni un ápice, los que ponen el bien común por delante porque saben que forman parte de él y bregan sin cesar contra las crisis, y los que siempre piensan primero en ellos y luego, si entra en el cálculo interesado, en los demás. Y esto último no sólo lo están haciendo los insolidarios e ignorantes, sino también políticos, que es mucho más grave.

La pandemia (1) – El miedo

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El miedo es una parte más de nuestra naturaleza. En las cantidades justas nos ayuda a sobrevivir en un mundo hostil incluso cuando gozamos de amplios recursos; fustiga el instinto, agudiza la percepción y el juicio rápido. Pero es como un vaso: si acumulamos demasiado y el vaso se llena, termina por desbordar. Entonces dejamos de ser racionales para convertirnos en muñecos de trapo dominados por ese miedo, perdemos el control sobre nosotros mismos, y si hay personas queridas vinculadas se multiplica aún más. El ser humano deja de comportarse de forma equilibrada, sensata, justa o inteligente; toda construcción ética y valor moral desaparecen para dejar al aire lo que siempre hemos sido en cuanto rascamos un poco: lobos solitarios. Sálvese quien pueda. Basta que desborde un poco ese vaso para que la civilización se desmorone. El coronavirus es un ejemplo perfecto de lo endebles que son los valores humanos, pero también de lo conscientes que somos de esa debilidad.

¡Ciao Britannia!

Boris ha ganado. Arrollando. Todo listo para el divorcio de la vieja Britannia romana del continente. Tiene mayoría para sacar adelante el Brexit sí o sí, duro o blando, abrupto o negociado. Esto se ha hecho tan largo que ya casi es deseable la marcha de un socio que nunca fue leal, que parecía disfrutar como lastre para la integración europea. Gran Bretaña (aunque aquí habría que decir Inglaterra, como ha quedado demostrado varias veces por la resistencia de Escocia, Gales e Irlanda del Norte a salir de la UE) ya tiene vía libre para marcharse y encontrar su camino bajo las estrellas, sea cual sea, aunque muy probablemente (demasiado) cerca de las 50 estrellas de su antigua colonia. Y Europa, por fin, podrá despejar el horizonte para mejorar.