CORSOEXPRESSO

La pandemia (5) – Lean a los estoicos

Para estos tiempos en los que el ánimo, los nervios, la serenidad y lo que creíamos un mundo bien controlado saltan por la ventana no hay mejor recurso que el estoicismo, y más concretamente la ética estoica. Olvídense de la dimensión popular banal que le ha dado el tiempo, un individuo estoico es mucho más que alguien que aguanta con todo. Eso sólo es una burda simplificación. Y si ha habido una época para ser estoico, desde luego es ésta, y más en España, donde la impaciencia es la Reina dominante. No va a ser mucho, tranquilos, apenas tres o cuatro párrafos muy concentrados para leer del tirón.

La pandemia (4) – La sanidad y las tres lecciones del día después

Una de las lecciones recurrentes de toda crisis sanitaria es fortalecer la propia sanidad. Un virus puede hacer más por el futuro sanitario de un país que miles de millones de euros en marketing y propaganda política. En algunos lugares como Madrid o Cataluña años de recortes presupuestarios estallan en la cara de gobiernos y ciudadanos. Y el sistema sanitario privado jamás podrá encajar un suceso como éste, porque se diseñó para una minoría que pide hora con tranquilidad, no para urgencias o las masas. Pero se pueden sacar tres lecciones positivas para el futuro.

La pandemia (3) – Los apocalípticos y los proactivos

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En toda crisis hay dos opciones: el caos o la organización. En toda tragedia hay dos salidas: el dolor ilimitado o la resiliencia. En todo estado psicológico, emocional y social de alteración hay dos reacciones: ser apocalíptico o ser proactivo. Es la diferencia entre salir del agujero con fuerza o no hacerlo.

La pandemia (2) – La solidaridad

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En tiempos de crisis, cuando las sociedades y todos sus elementos caminan sobre el filo, es cuando se detecta mejor a los compañeros de viaje y a los que no nos quieren ni un ápice, los que ponen el bien común por delante porque saben que forman parte de él y bregan sin cesar contra las crisis, y los que siempre piensan primero en ellos y luego, si entra en el cálculo interesado, en los demás. Y esto último no sólo lo están haciendo los insolidarios e ignorantes, sino también políticos, que es mucho más grave.

La pandemia (1) – El miedo

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El miedo es una parte más de nuestra naturaleza. En las cantidades justas nos ayuda a sobrevivir en un mundo hostil incluso cuando gozamos de amplios recursos; fustiga el instinto, agudiza la percepción y el juicio rápido. Pero es como un vaso: si acumulamos demasiado y el vaso se llena, termina por desbordar. Entonces dejamos de ser racionales para convertirnos en muñecos de trapo dominados por ese miedo, perdemos el control sobre nosotros mismos, y si hay personas queridas vinculadas se multiplica aún más. El ser humano deja de comportarse de forma equilibrada, sensata, justa o inteligente; toda construcción ética y valor moral desaparecen para dejar al aire lo que siempre hemos sido en cuanto rascamos un poco: lobos solitarios. Sálvese quien pueda. Basta que desborde un poco ese vaso para que la civilización se desmorone. El coronavirus es un ejemplo perfecto de lo endebles que son los valores humanos, pero también de lo conscientes que somos de esa debilidad.

¡Ciao Britannia!

Boris ha ganado. Arrollando. Todo listo para el divorcio de la vieja Britannia romana del continente. Tiene mayoría para sacar adelante el Brexit sí o sí, duro o blando, abrupto o negociado. Esto se ha hecho tan largo que ya casi es deseable la marcha de un socio que nunca fue leal, que parecía disfrutar como lastre para la integración europea. Gran Bretaña (aunque aquí habría que decir Inglaterra, como ha quedado demostrado varias veces por la resistencia de Escocia, Gales e Irlanda del Norte a salir de la UE) ya tiene vía libre para marcharse y encontrar su camino bajo las estrellas, sea cual sea, aunque muy probablemente (demasiado) cerca de las 50 estrellas de su antigua colonia. Y Europa, por fin, podrá despejar el horizonte para mejorar.

Aquella lejana provincia de Bruselas…

Lo que empezó como una siniestra broma sádica toma cuerpo. Cuatro elecciones en cuatro años. Cambian los actores, cambian las caras, suben unos y bajan otros, como en una noria, pero la música es la misma. Los que soñaron con romper el bipartidismo no entendían que un cristal quebrado en muchos trozos es mucho más endeble. Ante la incapacidad del sistema y de sus actores principales (partidos, movimientos sociales, instituciones), quizás haya llegado la hora de echar el cierre al país y pensar a lo grande. A lo muy grande. Sólo así este pedazo del mundo podría tener más sentido y su ciudadanía ganar algo.

La (relativa) inutilidad de los partidos políticos

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portada circo

Ya ha pasado, está ocurriendo y probablemente volverá a suceder: la clase política, organizada en torno a redes de intereses ideológicos y comerciales concretos, vuelve a fallar a la ciudadanía. Es posible que no haya gobierno de izquierdas, ni de derechas, y que el excelente resultado electoral de abril para la izquierda se evapore por algo tan abstracto, irreal y frívolo como la ideología y las rencillas personales. España, hasta ahora, tenía dos problemas (su sistema productivo y la anestesia social); ya es oficial, la clase política es la tercera losa en la lista.