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Cinco consejos básicos de supervivencia para demócratas del siglo XXI

democracia (recurso para portada)

Entre pandemias paralizantes, ideologías salvadoras que prometen salvarnos de nosotros mismos, Dioses egoístas y sus legiones de fanáticos, patrias y pueblos que devoran individuos como si fueran aperitivos, no son buenos tiempos para la ciudadanía y la libertad. Las ideas absolutas no se llevan bien con el respeto al individuo, la piedra angular del humanismo y la democracia. La paradoja es que posiblemente hace 30 años los ciudadanos eran más libres que hoy; lo peor de esta situación es que las nuevas argollas al cuello nos la ponemos nosotros mismos. Quizás en los siguientes párrafos el lector encuentre algo de utilidad para sobrevivir mientras aguantamos, esperanzados, a mejores tiempos, hasta que el péndulo vuelva a oscilar. Tengan paciencia, tanto el post como la espera del bien son largas.

La pandemia (5) – Lean a los estoicos

Para estos tiempos en los que el ánimo, los nervios, la serenidad y lo que creíamos un mundo bien controlado saltan por la ventana no hay mejor recurso que el estoicismo, y más concretamente la ética estoica. Olvídense de la dimensión popular banal que le ha dado el tiempo, un individuo estoico es mucho más que alguien que aguanta con todo. Eso sólo es una burda simplificación. Y si ha habido una época para ser estoico, desde luego es ésta, y más en España, donde la impaciencia es la Reina dominante. No va a ser mucho, tranquilos, apenas tres o cuatro párrafos muy concentrados para leer del tirón.

El siglo XX contra el siglo XXII

Como indicaba no hace mucho en una de esas inserviblemente útiles redes sociales el periodista Daniel Arjona, el antiguo mundo se muere y el nuevo no termina de llegar, y entre medias se cultivan monstruos que dan mucho miedo. Es un buen resumen de lo que sucede a día de hoy, en esta peculiar “era interglaciar” que se abrió con la eclosión de la industria y la sociedad de masas a finales del siglo XX y ese futuro que nadie soñó mejor que Gene Roddenberry con ‘Star Trek’. Nunca la ciencia-ficción consiguió poner el listón tan alto, tanto que probablemente jamás lo alcancemos.

La gran brecha

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Es posible que, con el tiempo, nuestros descendientes miren atrás y digan que el siglo XXI, especialmente la primera mitad, fue el de la gran transición, el salto adelante entre una forma de entender al ser humano y el nuevo modelo, totalmente diferente. Para resumir esa dualidad se podría decir, que es una transición entre un mundo dominado por el platonismo y otro aristotélico que se avecina. Pero lo peor no es ese gran cambio, sino sus víctimas, los que no podrán seguir el ritmo y pasarán de oportunidad a lastre. No van a ser buenos tiempos para la mayoría.

Julio Verne se equivocó (y lo sabía)

Julio Verne se equivocó. Los positivistas se equivocaron. Los filósofos de lo material del siglo XIX se equivocaron. Prometieron, cada uno a su manera, que el progreso material y tecnológico conllevaría el necesario progreso moral del ser humano. Acertaron en parte, pero no en el todo. Incluso él, en la etapa final de su vida, giró hacia una visión más sombría del progreso. Las amenazas a la democracia y el comportamiento xenófobo de muchas sociedades son una demostración de que el tribalismo primitivo persiste aunque se envuelva con diseño y tecnología.

Los hombres que (de verdad) no amaban a las mujeres

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Realmente hay que darle las gracias a Stieg Larsson por el título de la primera novela de la saga Millenium, porque creó un nicho simbólico que resumía muy bien a esa legión de hombres que no entienden que cualquier construcción masculina basada en la discriminación directa o indirecta del 50% de la Humanidad es un lastre, una condena al fracaso y fuente inagotable de vergüenza presente y futura. Y muy mal negocio, por cierto. Las marchas de mujeres tras la toma de posesión de un misógino como Trump son un ejemplo de que esta actitud suicida está más presente que nunca.

El año gris

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portada gris

Termina un año malo para una cuarta parte del mundo. En líneas generales, para la mitad del orbe ha sido bueno: se han reducido las diferencias económicas y hay menos pobres. Para una cuarta parte todo sigue igual: son tan pobres como en 2015, y muchos incluso han perdido país, derechos y vidas. Pero para la otra cuarta parte ha sido nefasto, es decir, para todos nosotros, los occidentales. Un año triste, gris, mediocre, en el que por primera vez en mucho tiempo no tocamos fondo en la cómoda piscina de suave decadencia que habíamos heredado de 1989.

Ni trabajo seguro, ni patrón inteligente

Tenemos un problema muy serio: una mayoría de empresas españolas siguen el dictado del cliché de Juan Rosell de trabajo barato e ineficaz; pagan mal, tratan peor y no piensan en el futuro. El resultado es que, salvo las más grandes, las empresas españolas son un espejo de todo lo que no hay que hacer. El siglo XXI será el de los trabajadores avanzados y proactivos, no el de los esclavos de usar y tirar que los clichés ibéricos buscan.